Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta Brasil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Brasil. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de febrero de 2012

Boipeba





















Un autobús de línea, otro autobús de línea, y, por fin, un barquito de madera que durante una buena hora recorre la bahía que forma la península donde se encuentra Boipeba. Una deliciosa hora en la que me deleito observando no sólo el paisaje de mangas y palmeras, sino a mis autóctonos acompañantes en la embarcación. Pues hay apenas un par de mochileros más en el barco, lo cual se me antoja como un presagio de que Boipeba será un lugar tranquilo.

Y lo es. Encuentro el bonito albergue en la plaza del "pueblo" que, a esta hora, está echando la siesta, y me insalan en una habitación habitada tan sólo por un mosquito que se alimenta de la sangre de los mochileros y que ha aprendido a sortear mosquiteras, aunque eso no lo descubriré hasta más tarde.

Pero primero, como siempre, llevada por mi condición de exploradora, salgo a reconocer el terreno. Y este resulta ser un pequeño paraíso bahiano que me devuelve a mi primer viaje a Brasil, en que me pasé tres meses y medio de playa en playa y de isla en isla, y en que conocí numerosos lugares como Boipeba.






















Aquí ya no esperaba encontrar un lugar donde montar mi negocio, sino un pequeño recodo donde descansar de tan largo viaje y cargar las pilas para el regreso a Barcelona, y sin duda, este conjunto de playas tropicales me lo ofrece. Paseo por la vera del mar, me baño en las aguas critalinas y tranquilas, me impregno del aire cálido, acaricio la arena, y me lleno de sol como queriendo engullir al máximo y por todo los poros de mi ser esta energía luminosa que siento que voy a necesitar para lo que me viene en breve. No hay casi nadie, y me alegro sinceramente de que mi último puerto no sea otro foco de ruidosos mochileros, y de que no haya buggies (coches descapotables) recorriendo la playa, ni bares con la música a tope. Ya pensé que no quedaban pedazos de costa tranquilos y sin ultrajar en Brasil pero, por suerte, me equivocaba.

Cuando anochece regreso al albergue y, mientras preparo la cena, veo a una pareja entrar en uno de los cuartos que dan al jardín. Me parece escucharlos hablar en catalán lo cual me sorprende ya que en todo el viaje no me he topado con catalanoparlantes. El chico se acerca a la cocina y le pregunto si son catalanes. Pues si, y de Barcelona, como yo. Así que entablamos conversación en nuestra lengua materna, lo cual se me antoja como una especie de transición hacia la realidad a la que regresaré en unos pocos días. Él es músico e interiorista, y ella responsable del gabinete de prensa de un conocido centro cultural de mi ciudad, y me digo que Barcelona es realmente una ciudad habitada por gente muy interesante. Les explico mi proyecto, les parece genial, como que no les estoy hablando de ciencia ficción, y siento de repente  la certeza y convicción de que la tierra prometida que estaba buscando para montar mi centro de terapias no es otra que mi propia tierra. Lo sospechaba, pero he necesitado estos tres meses de travesía para convencerme y darle la razón al refranero popular cuando dice aquello de que la hierba no es más verde en el otro lugar. Si es que ya lo decía Dorothy "no hay ningún lugar como tu casa".

Bueno, para montar mi negocio quizás mi mejor opción sea Barcelona, pero para este final de vacaciones, no hay ningún lugar como Boipeba. Al día siguiente camino de playa en playa durante tres horas hasta que llego a Moreré donde me siento en un chiringuito a tomar un agua de coco y allí conozco a una chica italiana que, curiosamente, vive en Capao, mi primera parada después de Salvador. Fluye la charla, me cuenta que vive ahí desde hace unos meses (tiene en Italia un piso de propiedad alquilado, del cual vive) y le interesan las terapias. Le cuento mi proyecto y le comento que me planteé Capao como un lugar donde establecerlo. Me dice que quién sabe, que quizás podamos organizar en algún momento alguna colaboración, que estemos en contacto. Quién sabe, pero yo lo que siento, tal y como hablo con ella, es que se cierra aquí el ciclo de mi viaje. Nos despedimos y emprendo las tres horas de regreso al albergue.

En el camino de vuelta me encuentro con un vendedor de helados que recorre con su colorido carrito las solitarias playas. Me habla, coquetea, y caza con destreza un cangrejo vivo al cual filmo corretear por entre las ruedas del carrito antes de ser capturado. Cuando llego al albergue, alguien ha cazado a unos cuantos primos hermanos del cangrejo, los cuales la bella hostalera llamada Venusa, nos prepara para la cena que compartimos los que estamos por allí. Y después de cenar me uno a mis amigos catalanes y unos conocidos suyos a tomar un mojito en la plaza del pueblo, sentados en unas improvisadas sillas al lado del puesto de los cócteles. Formamos un pequeño grupito internacional de viajeros, y alguno hay que en su momento compró una parcela en este terruño, donde se exila unos cuantos meses al año. Qué suerte, sobretodo si lo compró antes de que Brasil se declarase la quinta potencia mundial y subiesen tanto los precios. Aunque quizás ya era hora de que se nos acabase el chollo a los del supuesto primer mundo, a costa de los del segundo y tercero.

Y entre mojitos, historias de viajes, y proyectos, apuro mi última noche en Brasil, y la última noche de mi aventura al otro lado del Arco Iris. Mañana empieza mi trayecto de regreso.




lunes, 13 de febrero de 2012

Itacaré




















Si todavía me queda alguna esperanza de instaurar mi negocio en Brasil, esta está puesta en Itacaré, la última tierra prometida.

Descubrí el pueblo estando aún en Argentina, en una guía de albergues, y durante el viaje más de uno me lo ha descrito como un paraíso natural de estos que atesora Brasil. De cualquier modo está en la costa, y sólo por esto ya es un destino prometedor al que me dirijo con ansia.

Ansia que tengo que sobrellevar una vez más, en unas eternas veinticuatro horas de bus, parando en Valença, para subirme a otro bus local que, ya entrada la noche, nos lleva (a mí y a unos cuantos mochileros más) a Itacaré.

Tal y como avanzamos, voy dislumbrando, por entre las casas, retazos de playa que avivan mi corazón. Hasta que una vez abandonado Valença, tras el último edificio se abre un paisaje de mar infinito iluminado por una radiante luna. Esta bella imagen me devuelve el alma al cuerpo después de tan largo viaje desde Belô, y después de tantas semanas lejos de la costa.

Llego a Itacaré cerca de medianoche, pero todavía hay gente por la calle, y un lugareño me indica el camino al albergue, en el cual me dejo caer agotada, pero maravillada de estar, al fin, a la vera del mar.

Me ubican en un cuarto con una mujer canadiense que no habla español, para que pueda hablar inglés conmigo, pero yo esta noche sólo tengo fuerzas para comer algo y dormir. Sin embargo la señora, que viaja sola, se muestra encantada de tenerme allí y me hace saber que, a partir de ahora, seremos inseparables amigas del alma e iremos juntas a todas partes. Me digo que ya lidiaré con ella mañana mientras saboreo el infinito placer de pillar una cama después de una noche de incómodo autobús.

Pero su insistencia y mi falta de coraje para decirle a esta mujer que me deje en paz, forjan de hecho una amistad impuesta a partir de la mañana siguiente, que acaba desesperándome pero que me tengo bien merecida. Pues, una vez más, por no andar sola tanto tiempo (se supone que no es bueno) y por no saber decir que no, se me encarama a la chepa gente con la que no quiero estar.

El primer día todavía se me hace agradable su compañía, quizás porque estoy de muy buen humor por estar comiendo en un chiringuito en la playa, y bañándome en el mar donde me abrazo a las olas en un feliz reencuentro. Y al atardecer, la magia de una puesta de sol tras las montañas captura la poca atención que le haya podido prestar a la mujer.

Pero cuando al segundo día, mi amiguísima se dispone a planear el resto de mis vacaciones con ella, el pánico empieza a hacer presa de mí.

Conocemos en el albergue a una chica del norte de Europa de rubísimo cabello y azulísimos ojos que también viaja sola. Coincidimos en la playa, y al cabo de un rato viene a sentarse con nosotras. Mi amiga canadiense le cuenta "nuestros" planes de ir mañana a una cascada de la que nos han hablado, y la nórdica dice que vale. Pero no lo veo claro. Y efectivamente, a la mañana siguiente la rubia nórdica improvisa una descomposición intestinal que le impedirá cualquier plan con nosotras, y se queda tan ancha ¿por qué no puedo hacer yo eso? ¿será por ese sentimiento de culpa judeo-cristiano del que de repente hemos tomado todos consciencia y al que es atribuible tantas de nuestras traumatizantes desgracias?

El caso es que opto por "huir" (en mi línea) a la mañana siguiente antes de que me alcance la señora, no sin antes dejarle un mensaje en recepción asegurándole que nos veremos más tarde en el albergue. Pues la culpa persiste. Y un poco de miedo también. Miedo a que si le digo a la señora a la cara que no me apetece andar con ella todo el tiempo porque es un poco pesadq, el Universo me castigue dejándome sin amigos para siempre, por borde. Absurdo, lo sé, pero es lo que siento.

Así que paso todo el día a mi aire, tranquila, decidiendo lo que hacer los pocos días que me quedan, porque no tengo claro si quiero quedarme aquí. Itacaré, mi última esperanza, es un pueblo popular entre los surfistas donde se desarrollan dos realidades paralelas. En una calle principal se suceden los albergues, bares, restaurantes, cafecitos, tiendas de souvenires y agencias de excursiones, poblados de turistas de muchas nacionalidades. En otra calle principal, un poco más hacia el interior del pueblo, están los supermercados, peluquerías, la plaza mayor, las tiendas de ropa brasileña para brasileños, y las fruterías, transitada principalmente por gente local. Turistas y lugareños se reparten el pueblo casi sin mezclarse como si estos últimos hubiesen cedido un pedazo de su tierra a los forasteros en pro de la economía del lugar, sin tener que dejar de vivir sus vidas.

Las playas son paradisíacas, desde luego, y el pueblo conserva una pintoresca reminiscencia de villa de pescadores, a pesar de la aplastante explotación turística, pero a mí, tanto rollito surfista fiestero no me va. Y no me veo en absoluto regentando un centro de terapias en esta dual realidad.

Un par de chicas españolas que conozco en una playa me hablan de Boipeba, otro pequeño paraíso, más pequeño que este, de camino a Salvador, donde debo embarcar de regreso a Barcelona. Así que, de vuelta al albergue le comunico a mi inseparable mi decisión de irme sola a Boipeba estos últimos días. La mujer se muestra sorprendida, contrariada y decepcionada, y me sabe mal pero ¿de verdad tengo que explicarle a una señora de setenta años que laparse a alguien es, realmente, un abuso? Ay, si tan sólo tuviese yo un poco más de asertividad.

La pobre mujer aún insiste en acompañarme a la estación de autobús a las ocho de la mañana, y yo insisto más aún en que no hace falta, pero se levanta para acompañarme en el desayuno y me cuenta que ya tiene planes con otras amigas no sé donde, menos mal, me quedo más tranquila.

Así que abandono de buena mañana Itacaré, al mismo tiempo que abandono la idea de ser empresaria en Brasil, y me dirijo a Boipeba en busca de un poco de paz, y con la esperanza de coger fuerzas para enfrentarme al regreso a casa.




jueves, 9 de febrero de 2012

Belô Horizonte






















A apenas dos horas de carretera de Ouro Preto, Belô Horizonte se erige y expande a guisa de gran ciudad, como capital de departamento que es. No hay pintorescas calles de adoquines con coloniales edificios anclados en el limbo del pasado aquí, sino avenidas, semáforos, bancos y mucha gente circulando a ritmo de metrópolis.

En la estación me indican un albergue cercano y barato, donde comparto cuarto con varias chicas, todas brasileñas. Parece que “Belô” no es destino favorito del mochilero, aunque sea una ciudad realmente dinámica y con bastante que ofrecer.

Como mi amigo activista, con el que compartí siete horas de cola en la frontera con Bolivia, y que me ofreció hospitalidad y turismo, no ha dado señales de vida (a pesar de que le avisé que venía y de habérmelo encontrado en la red, otro cantamañanas), decido otorgarme tan sólo un par de noches aquí en la urbe, ya que el domingo hay un mercadillo famoso y no me lo quiero perder. Porque en realidad, lo que estoy deseando es llegar al mar.

Entablo conversación con una de mis compañeras de habitación y por la noche salimos a tomar una cerveza. De entrada se me antoja como una chica divertida y me digo que ya era hora de un poco de marcha. Pero tras vaciar dos vasos en la terraza de un bar, me relata su tragedia personal, acompañada de otros dos vasos, por lo que termino ligeramente borracha  y deprimida a la vez.

Siempre me ha chocado la gente que te cuenta, el mismo día en que la conoces, un suceso dramático en sus vidas, como la muerte de un hijo bebé, una terrible traición amorosa, o cualquier otro fatídico episodio. Me sugiere que es tal el tormento que se vive, que se siente la necesidad de hablarlo para expulsarlo y exorcizarlo, y con quién mejor que con un perfecto desconocido. A la vez me choca la cantidad de drama que puede ocultarse detrás de un aspecto jovial y desenfadado, aunque ya hace tiempo que percibo que la gente que ríe mucho, llora mucho también. O quizás será que, por mi condición de terapeuta, facilito sin darme cuenta, este tipo de confesiones.

El caso es que de marcha nada, volvemos al albergue, y el alcohol me induce un sueño rápido y profundo del que despierto un poco pastosa, pero con ánimo de explorar la ciudad.

Busco el casco antiguo, pero no lo encuentro. Por lo visto las piedras centenarias están todas en Ouro Preto. Pero encuentro el mercado central donde no sólo se vende fruta y verdura, sino también arte y artesanía, y donde me estreno con el “açaí”, delicioso plato de helado cremoso de esta fruta acompañado de rodajas de banana y cereales. Tantas veces en Brasil y no conocía esta delicia vegetariana que podría comer todos los días.

Puesto que las calles no invitan mucho a perderse (sin llegar a lo inhóspito de Brasilia), vuelvo al albergue a descansar, y me encuentro con algo de ambiente en la habitación. Hay varias de las chicas y están de cháchara.

“Delicia, delicia, asím voçê me mata, ai si eu te pego, ai ai, si eu te pego”, suena como timbre de un móvil. Llevo oyendo esta cancioncilla desde que llegué al país en noviembre, es el hit del momento, suena constantemente y todos la cantan. Hasta yo me he sorprendido a mi misma en algún momento tarareándola, para mi mayor disgusto. Y es que el tema ni siquiera es malo, es mediocre pero pegadizo, y a base de repetición exhaustiva han conseguido que un pueblo como Brasil, que ha sido acunado al son de la Bossa Nova de verdaderos genios, y cuya riqueza musical es difícilmente comparable con la de ninguna otra nación, se extasíe con una cancioncilla simplona y empalagosa como esta. Por eso, cuando me he escuchado a mi misma, siquiera mentalmente, entonar tan machacón y comercial ritmo, me he sentido balar cual triste oveja en un inmenso rebaño. (Mi estupefacción se verá incrementada más tarde, una vez cruce el charco de nuevo, cuando descubra que en mi península, que parió músicos como Paco de Lucía entre otras muchas celebridades, también ha sucumbido a tan irritante “ai si eu te pego” tonadilla, y hasta la han traducido al español). Pero no digo nada a las chicas, ya que como huésped de su patria, no me siento con derecho de emitir, en voz alta, tan severo juicio. 


Afortunadamente, Brasil tiene mucho más que ofrecer a nivel cultural, y acontece que se celebra un festival de artes escénicas este fin de semana en la ciudad. Propongo a mi amiga de anoche ir a ver una pieza de teatro, y otras chicas se suman. Así que, después de cenar, nos dirigimos al lugar del evento, muy cerca del albergue, pero al llegar descubrimos que había que comprar la entrada anticipadamente ya que en la taquilla vale como tres veces más. Vaya, si no nos hubiésemos entretenido tanto cenando... Intentamos ir al cine, pero no quedan entradas para la película que nos gusta, por lo que damos por finalizada la noche.

Yo estoy empezando a cansarme de la ciudad y cada vez tengo más ganas de verme en la playa. Además, las chicas parecen entenderse muy bien entre ellas, y ya les viene bien haberse encontrado ya que no están en Belô por placer sino por estudios o trabajo, pero yo no me siento muy afín a ellas e intuyo que sienten la obligación de no dejarme sola, típico brasileño, cuando yo lo que tengo ganas es de hacer la mía. Pues como cada vez que me junto con alguien (o alguien se me junta) sólo por no andar sola, acabo aburriéndome y arrepintiéndome.

Pero me resulta violento, a la mañana siguiente, decirles que prefiero ir a mi rollo, por lo que aprovecho el bullicio del “mercadillo hippie”, en el que ellas se interesan por un tipo de paradas y yo por otro totalmente diferente, para dejarme engullir por la multitud en la dirección opuesta a ellas. 


Y de este modo me pierdo, libre y feliz, entre los muchísimos puestos de colorida y creativa artesanía, los grupos de Capoeira y las paradas de comida, hasta que termino en el parque, en cuya hierba, delante de un laguito me tumbo a leer, escribir, observar a la gente, a los animales, y ver pasar la tarde.

Por la tarde, un rato antes de embarcarme en el autobús, alcanzo a presenciar el encuentro callejero de Soul de todos los domingos, que le da a Belô ese toque de ciudad del mundo que es. Sólo que yo tengo un irreprimible mono de playa, y espero impaciente, en unas horas estar en ella.



viernes, 3 de febrero de 2012

Ouro Preto


A estas alturas del viaje se podría pensar que un día y medio de autobús no me supone problema ninguno. Sin embargo, el trote de todas estas semanas ha hecho irremediable mella en mí, así que respiro con alivio cuando el último autobús me deja frente al albergue de Ouro Preto, tras dos noches de intermitente e incómodo sueño botando por muchos kilómetros de carretera.

"O Sorriso do Lagarto", donde me hospedo, está en el centro histórico de esta encantadora ciudad colonial de Minas Gerais, aunque toda la ciudad parece un centro histórico detenido en el siglo XVII, aproximadamente, excepto por unos barrios periféricos, con aspecto de favelas, que descubriré más tarde.

De momento pago un par de noches, aunque sospecho que me quedaré más. Exploro las serpenteantes calles adoquinadas, en esta tarde cubierta de nubes y neblina que, lejos de ensombrecer la imagen, contribuye aún más al añejo aspecto de este lugar. Las "namoradeireas" reposan su ensueño en los marcos de las ventanas, y numerosas pendientes y laderas permiten una vista panorámica, casi vertical, de esta ciudad de postal.


El segundo día conozco a una pareja de estadounidenses en el albergue. Lo de siempre: de dónde eres, dónde has estado y a dónde vas. Sólo que esta vez me encuentro con algo diferente. Son misioneros católicos, se acaban de casar, y están en una luna de miel de varios meses filmando un documental sobre los caminos de la fe. Hago un sincero propósito de desacato a mis prejuicios ante religiones y nacionalidades, y trabo amistad con ellos, al menos ofrecen una historia distinta a lo que me he encontrado hasta ahora, se nota que me he salido del circuito mochilero-turístico habitual.

El español de estos chicos es tan bueno como mi inglés, pero hablamos en la lengua del Mercosur, que ellos usan incluso entre ellos, ya que están en latinoamérica y quieren practicar. El portugués, aunque ella se defiende con él deduciéndolo del español (igual que yo), queda fuera de juego entre nosotros, a pesar de que estemos en Brasil.

Me proponen ir juntos a visitar una mina de oro en un pueblo cercano, y yo todavía no he superado el trauma de Potosí, pero me digo que no puedo pasar por Minas Gerais y no hacerle los honores a su tradicional industria. Así que al día siguiente, valientemente, me subo a un carrito operado electrónicamente (un considerable adelanto con respecto a Potosí), y me adentro en las fauces de este cerro, otrora abundantemente preñado de oro.


La vagoneta nos deja apenas a doscientos metros más abajo, en una espaciosa y aireada cueva iluminada, donde el guía nos va instruyendo sobre su historia. Un altar a uno de los dioses del Candomblé (culto criollo propio de Brasil) ofrece una versión bastante más inofensiva y benévola que el infernal "Tío" de Potosí.

El recorrido culmina en un hermoso lago subterráneo de aguas cristalinas, cuya transparencia podemos aprecial gracias a una luces en las paredes que lo iluminan. Se nos da permiso para bañarnos e incluso bucear, si nos apetece, pero hace demasiado frío aquí dentro y a lo máximo que llego es a meter los pies en el agua con mucho cuidado de no caerme, porque no me queda ya más ropa limpia y seca.




Salimos de la mina sin una necesidad particular de dar gracias por ver de nuevo la luz del sol, y caminamos los dos kilómetros que nos separan de Mariana, la ciudad más próxima, donde comemos.

En mis andanzas con la pareja observo su relación. Él es todo amor, y ella recibe las atenciones que él generosamente le brinda, como un derecho de nacimiento. No es que sea arrogante con él, ni que no le corresponda, simplemente se deja querer con una sonrisa, y como algo que le es propio. Me digo que algunas personas parecen haber nacido con esta capacidad de recibir amor y atenciones como algo natural. Otras, tenemos que aprenderlo a base de leer libritos de auto-ayuda de bolsillo, y de muchos desamores.

En el albergue me muestran en su ordenador algunas entrevistas que han llevado a cabo a distintos religiosos, para su blog sobre la fe. Me parece interesante, aunque, en mi agnosticismo, no me sugiere mucho a nivel personal. La verdadera lección de fe me la ofrecen, sin darse cuenta, de otro modo, uno mucho más práctico y cotidiano.

Me comentan que, antes de emprender su viaje, habían querido comprarse un móvil nuevo durante un tiempo, uno de última generación. Por supuesto, la tecnología punta se paga y ellos estaban ahorrando para su larga luna de miel, así que optaron por esperar a que alguien se lo regalase, hasta que esto, eventualmente, sucedió. Y así, me dijeron, hacían con muchas cosas.

Esto, para mí, es la verdadera fe. Y es algo que se experimenta, más que entenderse intelectualmente. Mi apredizaje de la fe se llevó a cabo en Australia, muchos años atrás, en que, por falta de dinero, me tocó recorrer el país (que es muy grande) con mi pareja en auto-stop. La primeras veces era un desastre, y a menudo teníamos que desistir y pagar un autobús porque nadie nos paraba. Una vez estuvimos diez horas en una gasolinera hasta que un camionero accedió a llevarnos. 


Hasta que inventamos un juego. A raíz de un hombre llamado Robert que habíamos conocido en un camping, y que nos había llevado en su coche a un parque nacional, decidimos llamar "Robert" a cualquier conductor que potencialmente pudiera llevarnos de un lugar a otro. Así, cuando nos instalábamos a la salida de un pueblo, en la carretera, esperando que alguien nos parase, empezábamos a hablar de Robert, con la certidumbre de que este iba a venir a buscarnos. Decíamos "Rober ya debe haber salido de casa", o "mira, aquel coche rojo de allí debe ser Robert". 

Era un juego, pero empezó a funcionar. Cada vez la espera era más corta, hasta el punto de que la última vez que hicimos auto-stop, apenas tuvimos que esperar un cuarto de hora. Y hacer auto-stop no es algo que se aprenda ya que tan sólo hay que plantarse en el borde de la carretera con el pulgar alzado, aquí la experiencia no cuenta. Es, realmente, una cuestión de fe, la fe entendida como un "saber" más que "esperar" que algo va a suceder. El problema es saber aplicarlo a todas las facetas de la vida, pero cuando eso se consigue, se entiende de verdad el dicho de que "la fe mueve montañas".

Y estos chicos, realmente conocen la fe y la practican, más de lo que se piensan ellos mismos.

Al día siguiente decidimos hacer otra excursión e ir a conocer la "Cachoeira das Andorinhas", en un parque nacional a unos pocos kilómetros, a pesar de las recomendaciones en contra de uno de los trabajadores del albergue. Por lo visto en este parque abundan los asaltos a los turistas, pero nos han dicho que la "cachoeira" o cascada vale la pena el riesgo, y decidimos ir, de todos modos, eso sí, desprovistos de nada que valga la pena robar y con el dinero justo.

Un autobús de línea nos deja en la entrada del parque, y el tendero de un barecito nos indica el camino. Empezamos a descender por un sendero entre matos, y ante nosotros se despliega un paisaje de montaña infinita. No tiene el dramatismo del altiplano boliviano, pero es mucho más frondoso. Buscamos la cascada y, a ratos, nos parece oír sonido de agua, pero no vemos nada. Encontramos un riachuelo, apenas un charquito en el suelo, y seguimos su rastro, que nos lleva hasta una esplanada donde se levanta un edificio nuevo. No tiene aspecto de vivienda, sino más bien de equipamiento municipal, y vemos salir de un coche aparcado en frente, a un grupo de personas. Caminan en nuestra dirección, también siguiendo el agua, y cuando nos alcanzan les preguntamos por la cascada. Uno de ellos nos dice que van hacia allí, que vayamos juntos. Se hace un breve silencio de incertidumbre en nosotros tres, que no le pasa inadvertido al que nos ha hablado, y nos dice que no temamos que él es el guarda forestal.

Realmente tiene aspecto de tal, por su atuendo, así que nos unimos al grupo. Y menos mal, ya que el guía nos lleva por un serpenteante camino hasta un agujero entre unas rocas, donde se esconde, como un templo secreto, la cascada. Nunca la hubiésemos encontrado por nosotros mismos, y hubiésemos regresado con la intriga de saber de dónde venía ese ruido de agua.

Así, inmiscuyéndonos en el discreto pasaje que forman las piedras hacia el interior de la montaña, descubrimos un pequeño lago formado por el agua que se precipita, en una estruendosa cascada, desde un agujero en el cielo de la cueva. Entran rayos de sol por diferentes y casuales aberturas entre las piedras, dándole a la estancia una iluminación casi mística. El agua está helada, pero me sumerjo en ella y siento que me renueva, como si de un telúrico bautizo se tratase.

No llevamos cámara de fotos, por si nos la robaban, pero tengo un pequeño teléfono móvil con el que alcanzo a registrar algunas imágenes de este momento y lugar.

Después de secarnos al sol en una roca, emprendemos el regreso, nos despedimos de nuestro improvisado grupo, y conseguimos llegar al albergue sin ser atracados, y con la energía de esa poderosa agua escondida, en nuestra piel.


Mis amigos se marchan un día antes que yo, y contemplamos un ocaso de despedida desde el balcón del albergue. Yo apuro aún un poco más la estancia. Podría quedarme un año aquí, entre calles de adoquines, iglesias y laderas empinadas, acompañando a las "namoradeiras" en el marco de una ventana. Sin embargo, debo seguir, aunque me doy cuenta de que estoy alargando mis estancias en los lugares, y me alegro de que mi alma y mi cuerpo me pidan, por fin, un poco de estabilidad.




domingo, 4 de diciembre de 2011

Sao Paulo



























Estos larguísimos trayectos en bus jercen una acción terapéutica en mí. Pienso, pienso y re-pienso mientras veo Brasil transcurrir al otro lado de la ventana. La música que emana mi tablet va meciendo mi espíritu a diferentes ritmos, aunque la dosifico ya que el androide sólo tiene siete horas de autonomía y este viaje dura muchas más.

He quedado con Alex que lo llamaré desde la estación de bus cuando llegue. Escucho su voz, después de cinco años, y me resulta un poco más seria. Bueno, debe rondar los 50 ya, y tiene dos niños. Los años locos de Londres, donde nos conocimos, se acabaron supongo.

Un bus que demora una eternidad en llegar me lleva, otra eternidad más tarde a San Bernardo do Campo, municipio anexo a Sao Paulo donde viven Alex, Regina y su familia. Este me espera delante de la iglesia, donde finalmente me deja el bus, y dentro del coche veo sentados a una mini-Regina y a un mini-Alex. A Zara la conocí cuando tenía un mes de vida, en Londres. A Kian sólo lo había visto en fotos. La versión "papá" de Alex es nueva para mí y, además, él pasa más horas en casa que Regina por lo que es un "papá-mamá", y como buen cancer que es, le va el papel.

Los niños no se cortan un pelo conmigo y en seguida me hacen partícipe de sus juegos, me enseñana las Havaianas de Princesas de Disney de Zara, y la colcha de Cars de Kian, y me hacen un hueco en su habitación donde dormiré estos días. Realmente, sólo le pedí a Alex que me acogiese un par de noches, pero este insiste en que me quede más, que el domingo ha organizado una comida temática en casa de unos amigos y, estando yo aquí, habían pensado en una comida española, y en que les podría cocinar nada menos que una paella.

Bueno, me digo que unos días en familia no me vendrán mal, además me gustaría pasar algún tiempo con Doroti, la madre de Alex, con quien tan buenas migas hice en mi primer viaje a Brasil, once años atrás. Lo de la paella, ya veremos, nunca he cocinado una.

Mientras los niños duermen la siesta, Alex y yo nos ponemos al día. Hace ya unos tres años que dejaron Londres, el mito del retorno de los emigrados los alcanzó igual que a mí. Y, de la misma manera, se dieron cuenta que volver a casa no es fácil, después de tantos años, y que las expectativas que uno se crea no acaban de cumplirse del todo. Desde luego, haber vivido en un país europeo y volver con un inglés fluído, abre muchas puertas. Sin embargo, en el proceso nosotros nos hemos transformado, y nuestro hogar de orígen también se ha transformado, y sentimos que ya no pertenecemos del todo a él, ya que una parte de nosotros se ha quedado en ese otro lugar, del cual hicimos nuestro segundo hogar, por elección, y del que sentimos ahora una gran nostalgia.

En mi caso, la nostalgia ya no es sólo de Londres, sino del hecho de ser extranjera. Me siento bien en mi papel de "outsider". Me gusta llegar a conocer un idioma que no es el mío, una forma de hacer diferente, y aún así sentir que puedo pertenecer a cualquier lugar, o que no necesito pertenecer a ninguno. Supongo que esto responde a mi naturaleza nómada-exploradora, y que por eso estoy considerando montar mi centro de terapias aquí en Brasil. Tiempo atrás, hablábamos con Alex y Regina de crear un negocio juntos en alguna playa bahiana. Compraríamos terreno y construiríamos una "pousada" con servicio de terapias. Ellos llevarían la parte hotelera y yo las terapias.

Pero Brasil ha cambiado mucho desde entonces. Hoy en día es un BRIC (Brasil, Rusia, India, China), una de las potencias emergentes, de hecho es la 5ª potencia mundial (habiendo desbancado a Gran Bretaña recientemente), su moneda es fuerte, y ya no se compra terreno con mil libras como antaño. Comento con Alex y Regina, con una copa de vino, mis charlas con Suely y Cristian, ambos con negocios en Capao. En ambos casos, y por lo visto en la mayoría de casos, los negocios en este tipo de localidades van en función del turismo, por lo que son de temporada y sus dueños no viven de ellos sino de dinero europeo. Es decir, viajan a Europa, hacen dinero (artesanía, trabajos varios, incluso contrabando de diamantes o drogas) para poder vivir la vida bucólica de Capao. Pero ni esta dinámica es posible ya, teniendo en cuenta la crisis europea y el auge económico de Brasil. Respecto a este auge les comento que, a primera vista, no veo los signos de prosperidad del país. Las comunicaciones no están mejor (carreteras, transporte público), y el aspecto de las ciudades no ha mejorado. Lo que sí ha cambiado es el precio de las cosas y el valor de la moneda: ¡está todo carísimo! Por lo que me cuentan, la economía se ha movido y hay más trabajo, cosa de la que me alegro, pero creo que Barcelona ha cambiado más en los últimos 8 años que Sao Paulo o Salvador.

Lo de que me alegro que se haya movido la economía, es por ellos realmente, no por mí, ya que mi falta de información y planificación del viaje (es que me gusta improvisar) hizo que diseñara un presupuesto muy poco realista. Por lo que estarme unos días en casa de Alex me viene de perlas, ya que va a minimizar los destrozos, ya que no tengo que pagar alojamiento, y además, Alex no me deja pagar casi nada, compro algunas cosas (panetone, vino) cuando él no está. Siempre tuvo esta actitud ligeramente paternalista hacia mí, y la sigue teniendo, sólo que yo ya no tengo 25 años, como cuando nos conocimos, sino casi 40. Será porque continúo sin pareja estable, ni trabajo estable, ni vivienda estable, y viajando con poco dinero, que me ve como una cabecita loca. O será que se siente aún en deuda conmigo por un favor que una vez le hice, aunque yo considero la deuda más que saldada.

El caso es que paso estos días infiltrada en su rutina familiar de horarios de colegios y trabajo, siestas, y reunión familiar cuando Regina vuelve a casa por la noche. Zara y Kian son adorables, cariñosos y divertidos, pero cada vez que convivo con niños me acuerdo de porqué no tengo hijos. Soy demasiado anarquica para tanto horario, no tengo paciencia, y necesito mucho, pero mucho tiempo para mí misma. En estas condiciones, es mejor que no haya sido madre a pesar de que el reloj biológico retumbe a veces en mis entrañas.

El fin de semana se acerca y con él la paella de marras. Lanzo un S.O.S. vía mail y para mi sorpresa me llueven recetas. Qué calladito se lo tenían todos, ninguno de mis amigos me ha invitado nunca a una paella y de repente resulta que hay como quince expertos paelleros entre ellos. Hago un pequeño estudio de las diferentes posibilidades y finalmente opto por una de las recetas, la que está mejor explicada.

Cuando vamos a comprar los ingredientes al mercado, Alex se divierte escandalizandoa una vendedora, que lo conoce de años a él, a Regina, y a Mercedes, ex-mujer de Alex, contándole que soy su otra ex-mujer. La mujer cree que le está tomando el pelo, pero cuano entre risas se lo corroboramos, la pobre no sabe a dónde mirar y se limita a darle el cambio. Hace lo mismo con su acupuntor, al cual le acompaño, y este sin más preguntas, se concentra en sus agujas.

Paso un día con Doroti, a la cual encuentro sólo un poco más delgada, pero con ese espíritu juvenil suyo que la hace parecer una chavala. Charlamos, comemos, tomamos café, me siento muy a gusto con ella. De hecho, me siento a gusto, en general, entre mujeres porque siento que todas las mujeres del mundo son mis hermanas, y que todas las madres son mis madres. Ojalá tuviese este sentimiento fraternal con los hombres también.

Llega el domingo paellero y yo me encomiendo a todo aquello en lo que creo para que salga bien. Por lo menos, las gambas que hemos comprado son enormes, o sea que algo comeremos. He cocinado también una tortilla de patatas para acompañar y hemos conseguido vino español. Anesia, Jack y sus hijas, nuestros anfitriones, son de lo más amables, viven en un hermoso apartamento con vistas a Sao Paulo, y cuentan con una cocina bien equipada. Pero no tienen paella para cocinar la paella, por lo que decido duplicar el proceso en dos sartenes grandes. Me concentro en el trabajo, Anesia y Regina me asisten y Jack me alcanza un caipirinha que contribuye a mi inspiración. No tengo muy claro en qué momento el arroz alcanza su punto, pero después de dos horas cocinando decido dar la paella por terminada. Servimos la mesa, hemos preparado también pan con tomate y sangría, y cuando lo veo todo junto me da la sensación de estar comiendo en casa de mi madre. La paella pasa la prueba aunque creo que le falta un poco de sal y quizás algún condimento más, pero es contundente. Durante la comida, Alex y yo relatamos nuestra peculiar historia, pero creo que este tipo de situaciones sólo se entienden cuando se han vivido en las propias carnes o muy de cerca.

Cuando me voy de casa de Alex, me invade una profunda sensación de tristeza. Mientras espero el bus en la estación, hago un pequeño duelo por no haber compartido más cosas con Alex y Regina, por su desencanto con la vuelta a casa, que es mi desencanto con mi vuelta a casa, porque Brasil ya no es más la tierra prometida que yo recordaba, y porque mi plan de montar un centro en este país se desmorona.

Pero cuando llega el bus que indica Santana do Livramento, me animo un poco. Dejo Brasil pero voy hacia algo que he esperado durante largo tiempo: a reencontrarme con mi amiga Natalia.


Foto: By Jhlimones - Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org

domingo, 27 de noviembre de 2011

Brasilia

No estaba en el plan, pero cuando llego a la estación de autobuses de Seabra, a un par de horas de Capao, no me dan buenas opciones para llegar a Belo Horizonte, como tenía planeado, así que me digo que puede ser interesante visitar Brasilia, la capital del país, que me viene más o menos de paso hacia Sao Paulo.

El bus sale a las 11:00 de la mañana y llega allí, me dicen, sobre las 6:00 del día siguiente, pero cuando echo cuentas no me salen los números ya que son 14 horas de viaje, y 11 más 14 son 25, o sea, las 3:00h de la mañana. Vuelvo a preguntar, aunque ya he comprado el billete, y esta vez me dicen que llegamos a las 4:30h. Ya empezamos. No quiero llegar de madrugada a ningún lugar, pero el taquillero me asegura que en la terminal de Brasilia hay movimiento a todas horas. No estoy muy segura de que este señor haya estado nunca en esa terminal y me quedo con la mosca detrás de la oreja. Para más INRI me parece recordar que en Brasilia es una hora menos, y si es así llegaremos a las 3:30 de la madrugada, lo que más detesto en los viajes. Este pensamiento me incomoda un poco, pero no quiero amargarme el viaje y, para distraerme echo mano de mi tablet. Björk me susurra al oído, y con ello me duermo un rato. Más tarde, la Mari de Chambao me dice que poquito a poco va entendiendo que no vale la pena andar por andar, que es mejor caminar para ir creciendo, estoy de acuerdo con ella. De hecho, reflexiono acerca de lo sucedido en Capao, de mi proyecto de negocio, y de las ganas que tengo de encontrarme con Natalia. 14 horas dan para mucho pensar y yo no consigo dormir demasiado en los autobuses. Pero entre mis pensamientos se infiltra el temor de llegar a las 3 de la mañana a una estación de autobuses desierta e inóspita, sin una dirección de albergue donde ir. Pregunto un par de veces más a los conductores del bus, y cada vez me sale una hora distinta. Sé que el miedo no es un buen compañero de viaje, y que angustiarme por algo que todavía no ha sucedido y que quizás no suceda es una pérdida de tiempo. Pero no consigo evitar preocuparme un poco. Sólo Amy Winehouse lo ahuyenta por un rato asegurándome, con su potente voz, que no piensa ir a rehab.

Cuando finalmente entramos en Brasilia a las 4:30h de la mañana, el bus para en una estación vieja y oscura al lado de la carretera donde hay alguna gente esperando. Había decidido que si la estación era así, le pediría al conductor de continuar en el bus hasta Goiania, donde llegaríamos después del amaneer. Pero alguien me dice que esto es sólo un apeadero y que aún falta media hora para la terminal de Brasilia. Al llegar a esta observo con alivio un edificio moderno que, una vez dentro, se me antoja como un aeropuerto, con sus cafeterías, punto de información turística, filas de asientos frente a pantallas de televisor, baños públicos y gente por todas partes. Definitivamente, asustarse antes de tiempo es sufrimiento gratuito.

De todos modos me toca esperar a que Brasilia despierte antes de que llegue el personal de información turística y me den la dirección de algún albergue. Resulta que sólo hay uno en Brasilia y es carísimo, caramba con Brasil, realmente se han puesto las pilas.

Un metro me lleva a una estación de autobuses en el centro de la ciudad, punto neurálgico de la metrópolis, y de allí tomo el omnibús número 143 como me han indicado. Le muestro a la taquillera el extraño código de números y letras que hace referencia a la dirección del albergue (no tienen nombres aquí las calles) para que me indique dónde bajarme, pero esta se equivoca y, una vez en tierra, descubro que estoy en un polígono industrial en el norte de la ciudad. La mochila pesa, no encuentro la otra estación de autobuses que alguien me ha indicado, sólo veo coches y naves y empiezo a agobiarme un poco. Cuando estoy al borde de la lágrima, veo a dos mujeres y a un chico en una pequeña parada de bus, y voy hacia ellos. Me dicen que aquí para el 143 que me lleva de nuevo al lugar de partida, donde puedo volver a intentar llegar al albergue. Menos mal. Llegan más mujeres, todas con similares bolsas blancas de plástico y cajas de zapatos dentro. Como es sábado, les pregunto si es que hay un mercadillo cerca. Me dicen que no, que han sido contratadas todas por una empresa de limpieza y que vinieron a buscar el uniforme. Qué suerte la mía, de otro modo no creo que hubiese habido nadie en esa parada de bus.

Afortunadamente, este mismo bus me deja en la puerta del albergue, que es feo de narices, pero cuenta con personal muy agradable. Además, por tener el carnet H.I. (Hostelling International) me hacen un buen descuento, menos mal, todavía ando sufriendo por mi economía, después del sablazo del Valle del Paty.

Una vez acomodada, salgo a explorar la ciudad. Parece que todo empieza y termina en la estación central, desde donde veo la Esplanada de los Ministerios, la Catedral, y un edificio en forma de planeta, con su órbita y todo, que resulta ser un museo. Dentro, una exposición de un fotógrafo brasileño muestra expresivos y cautivadores retratos de los integrantes de una tribu angoleña.

Pero no veo bares en esta ciudad de amplias avenidas y espaciosos parques. Ni escuelas, ni tiendas (aparte del centro comercial). No hay casco viejo, es una ciudad verdaderamente marciana. Me consigo, de milagro, unos pocos ingredientes para cocinar pasta para la cena, y vuelvo al albergue. No hay ambiente ninguno en esta ciudad, por lo que me digo que aprovecharé para escribir este fin de semana.

Pero el Universo tiene otros planes para mí y me coloca, como compañera de litera a Oana, una chica rumana que vive en Chile y que está tan perdida en Brasilia como yo. Así que decidimos explorar juntas la ciudad. Para mi fortuna y sorpresa, Oana es arquitecto y, si algún interés tiene Brasilia, es la arquitectura. Gracias a ella la ciudad cobra sentido, al menos histórico, y empiezo a entender su extraña estructura.

Por lo visto no fue diseñada para el aterrizaje de extraterrestres, como yo pensaba (creo que se sentirían aquí como en casa), sino que fue un proyecto arquitectónico de los años 60, en que Brasil decidió construirse una capital en mitad del país y de la nada, y repartió el terreno entre unos cuantos arquitectos para que se esplaiaran. Oana me comenta que el estilo de los principales edificios es modernista, sobrio y funcional, y de dimensiones descomunales. Por lo visto, en la época no se tenía en demasiada consideración el urbanismo como conjunto, así que se dedicaron a plantar sus gigantescas creaciones aquí y allá, rellenándolo todo con avenidas y grandes extensiones de hierba. Con el tiempo se dieron cuenta que no habían construido una ciudad para el ser humano, que se siente como una hormiga en ella, lo aseguro, pero ya era tarde. Bueno, por lo menos los arquitectos se lo pasarían bien.

La verdad es que la ciudad intimida un poco y en dos días no nos topamos con ningún otro mochilero o turista, ni con nadie de aspecto caucasiano. Ni siquiera en el albergue, donde los demás son todos estudiantes de otras ciudades que vinen por exámenes. Yo no llamo tanto la atención, pero Oana es rubia, de piel blanquísima, con ojos claros y más alta que la media de los habitantes de esta ciudad. Por lo que atrae muchas miradas, cosa que la incomoda un poco. No se siente segura aquí, y no me extraña, yo tampoco mucho.

A pesar de todo, decidimos aventurarnos un poco más allá de centro, y nos subimos a un bus que nos va a llevar al puente JK. En el bus, las marcianas somos nosotras, no hay un sólo extranjero y todos son muy morenos. La intención es bajarnos en el puente, tomar fotos, pasear un poco y volvernos en el mismo bus, en la otra dirección. Pero tal y como nos acercamos a nuestro supuesto destino, vemos que, de nuevo, no hay bares, ni tiendas, ni gente en la calle, ni nada más que casas cerradas a cal y canto. Sin decirnos nada, pues las dos sabemos lo que estamos pensando, pasamos de largo el puente esperando en vano ver un poco más de animación más adelante. Pero pronto tenemos que rendirnos a la evidencia de que ningún lugar nos va a parecer seguro y apetecible para abandonar el bus. Así que verbalizamos nuestros pensamientos y concordamos en pedirle a la taquillera que nos deje quedarnos en el bus hasta el final de la línea, para volver con él hasta donde nos subimos. La taquillera nos mira extrañada pero asiente. Algunos de los pasajeros nos hace preguntas, que de dónde somos, etc. Oana me pregunta si estoy asustada, le digo que mientras estemos dentro del bus no.

El trayecto parece no acabar nunca y, tal y como nos alejamos del centro de Brasilia, nos vamos adentrando en barriadas muy diferentes del proyecto arquitectónico que ideó Nymeye, y dónde reconozco el Brasil de verdad. Casas desordenadas, tiendas, bares, congregaciones religiosas, gente por todas partes y calles mal asfaltadas. Aquí es pues, donde vive la gente que trabaja en Brasilia.

Al fin el bus llega a su destino, donde nos piden que nos bajemos y que subamos a otro bus de la misma línea que está a punto de salir hacia la ciudad. Sólo unos metros nos separan del otro vehículo pero son unos metros críticos en que nos vemos rodeadas de los habitantes de este lejano y destartalado barrio. Corremos hacia el otro coche, algunos quieren ayudarnos pero no les damos tiempo. Saltamos dentro y nos instalamos cerca del conductor, como si fuese a salvarnos de algo. Debemos haber sido la sensación del día para los vecinos de este lugar.

El trayecto de regreso se nos hace corto, Oana incluso se atreve a sacar su super-cámara de fotos para retratar el puente de marras desde dentro del bus. Cuando ya estamos llegando de nuevo a la estación, me digo que hemos sido un poco paranoicas, claro, ahora que ya todo ha pasado, se ve de otra manera. O quizás no. Quizás ese barrio cuyo suelo pisamos durante breves segundos sea uno de esos lugares sobre los que el Lonely planet advertiría: "hagas lo que hagas, no vayas".

Me molesta tener esta sensación de miedo en Brasil. Siempre he defendido, por mi experiencia de anteriores viajes, que Brasil no es tan peligroso como lo pintan. Que sus gentes son amables, amistosas y muy amorosas. Que Brasil no sólo son favelas y crimen, que la mayor parte de los Brasileños son gente de gran corazón. Sin embargo, aquí en Brasilia, con sus calles desiertas, su ausencia de turistas y con Oana atrapando miradas continuamente, pobre, no puedo evitar sentir una sensación de inseguridad que no me gusta. Como dije, creo que el miedo es un mal compañero de viaje y atrae la mala suerte. Generalmente es inevitable sentirlo, pero tiempo atrás aprendí que es posible neutralizarlo. Precisamente aquí en Brasil, en mi segundo viaje a este país, leí dos veces del tirón un libro llamado "Feel de fear and do it anyway" (siente el miedo y hazlo de todos modos). Fue muy liberador ya que en lugar de ofrecer estrategias para no sentir miedo, lo que sugería era aceptarlo y aprender a convivir con él. Esto me ha servido mucho posteriormente en situaciones de cierto temor, como por ejemplo antes de una charla en público, en que he sentido mi corazón y respiración acelerarse y mi voz temblar, y me he dicho que es normal, que no pasa nada porque me tiemble la voz el primer minuto o dos, que luego se va a pasar. Me he permitido sentir miedo y este, al cabo de poco, ha cedido. He encontrado esta estrategia mucho más efectiva que la de respirar hondo y obligarme a no estar nerviosa.

Así pues, me digo, no voy a permitir que el miedo (muchas veces infundado) me impida seguir conociendo Brasil ni cualquier otro lugar. Quizás es que hace mucho tiempo que no estoy por aquí y me dejo llevar por prejuicios. De hecho, comentamos con Oana que, muy a nuestro pesar, las pieles oscuras de este lugar nos predisponen, aunque quizás nuestras pintas los predispongan a ellos. Bueno, al menos sabemos que es sólo un prejuicio y somos conscientes de él. Probablemente nos hemos puesto un poco paranoicas, pero si hubiera por lo menos barecitos, músicos en la calle o niños saliendo de la escuela, nos sentiríamos de otra manera aunque alomejor estaríamos corriendo mayores riesgos de que nos robasen.

De todos modos me digo que el interior de Brasil es muy distinto a la costa, aunque Brasilia no es realmente una ciudad representativa de este país. Es un invento que plantaron en mitad de su territorio, muy ajeno a su realidad para que los marcianos se sientan bienvenidos cuando nos invadan.

martes, 22 de noviembre de 2011

Chapada Diamantina

Siete horas de bus separan Salvador de Bahía de Palmeiras, en la Chapada Diamantina, donde nos esperan unos jeeps que nos llevan a Capao por una carretera sin asfaltar. Llegamos de madrugada y la plaza donde se supone que me tiene que estar esperando el guía, está desierta, así que desayuno en un barecito que encuentro abierto, y espero a que el pueblo despierte.

Helena, mi contacto en Capao, y con quien paso el primer día, me pone al corriente de la historia del lugar. Desde que la Chapada Diamantina se declarase parque nacional, la explotación de diamantes, forma de vida tradicional de los nativos, quedó prohibida y substituida por la explotación turística. Esto potenció la proliferación de pequeños hoteles y posadas en los pueblos de la zona, como Capao, así como el desarrollo de un colectivo de "conductores de visitantes" o guías de montaña, generalmente compuesto por jóvenes de ciudades brasileñas, más que nativos de la Chapada, que se asentaron en estos pueblos e hicieron de esta actividad parte de su forma de vida. El cultivo masivo de frutas y verduras quedó también prohibido, aunque hay quien sigue teniendo su pequeño huerto para auto-abastecimiento y para vender en los mercados locales. Y todavía queda algún viejo buscador de diamantes que hace caso omiso de las prohibiciones y sigue bajando estas piedras preciosas de las fabulosas montañas, lo que supone también un cierto tráfico, todavía, de estos minerales. Me entero, además, de que el mayor diamante del mundo fue encontrado aquí, y fue usado para las excavaciones del canal de Panamá.

Un par de días después, salgo en una excursión hacia el Valle do Paty. Van a ser cuatro días y tres noches, dormiremos un día en casa de nativos y dos acamparemos. El precio me parece exagerado, y me paso catorce pueblos del presupuesto. Tan sólo el transporte hasta el punto de partida de la caminata me cuesta más que un billete de avión de Salvador a Sao Paulo. Pero me digo que no puedo dejar de hacer la excursión, ya que estoy aquí, y que sin guía y sin coche es imposible hacerla. Así que asumo mi condición de turista "gringa", y pago el precio por ello. Más tarde, averiguaré que había una forma más económica de hacer esto, y con un colectivo más afín a mi, ya que organizan excursiones en grupo combinadas con prácticas de yoga y actividades de este tipo. Pero para entonces, ya habré vuelto del Paty.

Mis expectativas para esta experiencia, de ver parajes hermosos y de exorcizar mis demonios a base de esfuerzo físico, están a punto de cumplirse con creces.

Este valle es un paraíso natural de sobrecogedores paisajes. El "cachoeirao", gigantesca cascada que vemos desde su cima al final del primer día, me impacta no sólo visual sino físicamente también. Siento cómo se me encoge el pecho de respeto y admiración mientras observo su vertiginosa caída, tumbada en una piedra que se asoma, arriesgada, como un balcón a la boca del valle. Delante, majestuosas montañas se abren a los lados para formar la cuenca por dónde se desliza el agua.

Un baño en una pequeña cascada, escondida tras una enorme roca de cuarzo rosa, me repone los niveles de energía, que tengo en números rojos, tras la tremenda caminata.

La cima del "morro do castelo" me ofrece la privilegiada visión de un pájaro, de este conjunto de montañas de peculiar silueta, que un día fueran apenas islas de un mar.

Numerosos y abundantes ríos se van cruzando en el camino, ofreciéndonos agua de color café (por los taninos, según el guía) pero purísima, y de la cual bebemos, además de recodos de piedras llanas donde reposar e incluso bañarnos.

Y la comida (¡vegetariana!) de los nativos que regentan nuestro alojamiento de la segunda noche, empata sin ningún esfuerzo y con muy limitados recursos, el menú del restaurante biológico más reputado de Barcelona.

Por otro lado, los demonios que he venido a encarar no tardan en manifestarse y materializarse. Mi relación con el dinero, saneada estos últimos años, me propone un mayor reto: confiar en que la abundancia va a seguir fluyendo hacia mí, a pesar de que en estos momento no tengo ninguna fuente de ingresos, ni se cuándo la tendré de nuevo, me he comido el presupuesto de dos semanas de viaje en tres días con esta excursión, y además, el guía no repara en gastos y pasa de acampar ninguna noche (al contrario de lo acordado), con lo cual tengo que pagar alojamiento extra, que no es mucho, pero va aumentando mi déficit. Todo esto me fuerza a buscar fe donde no la tengo, y a confiar en que me recuperaré en otro momento del viaje. Pero también me sirve para darme cuenta de que mi reconciliación con el dinero es relativa y que es un tema que tengo que seguir trabajando.

Otro demonio llamado "incomunicación" me asalta en un recodo. Quisiera encarar al guía y decirle cuatro cosas que no me están gustando, pero no me atrevo. Me digo a mí misma que no es prudente cabrearlo porque si me deja tirada estoy perdida. Aunque en realidad, es más que eso, ya que no creo que me abandone en medio de la montaña, simplemente me violenta encararlo y, además, no creo que sirva de nada. En los últimos tiempos he hecho un esfuerzo por comunicarme en los conflictos, cuando he considerado que valía la pena, y ello me ha hecho sentir bien conmigo misma por la dificultad que esto ha supuesto siempre para mí. Sin embargo, he llegado a la conclusión de que hablar las cosas no siempre las resuelve. Pienso que, más que palabras, se necesitan estrategias para resolver las situaciones, porque las personas escuchamos muy poco y a menudo adaptamos lo que oímos a nuestras propias creencias, con lo cual, pocas veces hay un intercambio verdadero de impresiones. Por ello, hay que pasar a la acción. Lo que sucede es que me he puesto, sin darme cuenta, en una situación de total dependencia, y mi estrategia habitual (para cuando no creo que el otro se atenga a razones), que es la de largarme con viento fresco, aquí no sirve. Me doy cuenta de que en realidad no estoy enfadada con el guía, ni con el morro que le está echando a todo, ni con sus comentarios homófobos, ni con que cuestione mi vegetarianismo, ni con su inonsistente discurso ambientalista, ni con que ponga verdes por detrás a todos los otros guías que nos encontramos en el camino. Me importa un pito el guía, lo que no aguanto es que mi supervivencia estos días dependa de un hombre como este. Empiezo a asociar todo esto con mi aversión al patriarcado y me asusta la sospecha de que en realidad sea un poco andromisa. Y no tengo un plan B para salirme de esta. Simplemente, debía haber planeado mejor la excursión pero, ¿no era a mí que me gustaba improvisar en los viajes?

Finalmente concluyo que las cosas pasan por un motivo y que no me queda otra que aceptar algunas circunstancias tal y como son. El último día, en que mi desagrado por sus comentarios es ya muy obvio, el guía decide caminar en silencio, lo cual agradezco y consigo, al fín, disfrutar del paisaje. Sin embargo, la caminata de hoy es bien ardua, veintisiete kilómetros de montaña embarrada, mis piernas son todo dolor, se me clava una uña del pie (que debía haber cortado y que probablemente perderé) a cada paso, y siento por momentos que no me va a dar la energía. Además el guía no muestra compasión y me dice que tenemos que caminar más rápido o llegaremos de noche. No discuto y, para ahuyentar mis malos deseos hacia el guía y toda su familia, me concentro en el paisaje emborronado por la niebla, y en las bocanadas de aire fresco que engullo antes de abandonar este increíble valle, porque no se cuándo volveré a disponer de tanto oxígeno, y en el dolor de mis piernas, y en la uña clavándose, y todo ello es como una meditación que sólo me permite percibir el momento presente y pasar de los demonios que, al fin y al cabo, es lo que vine a hacer.

Un coche nos recoge en un pueblo al que llegamos de tarde, le pido al conductor que me deje en la calle principal de Capao, y me despido del guía de manera escueta. Creo que al final su actitud zen se ha ido al cuerno y he conseguido cabrearle. Pobre, en el fondo me sabe mal, ha sido víctima de mis demonios. Pero es lo que tiene, supongo, andar con turistas gringas paranoicas como yo por la montaña. Será por eso que son tan caras estas excursiones.

Me otorgo dos días de descanso en un pequeño hostal de comida vegetariana, que se me antoja un oasis, después de mis andanzas por el paradisíaco infierno del Valle del Paty. Ceno con un grupo de mallorquines que paran por aquí, escribo, duermo, me entrevisto con Cristian, sanador ayurvédico que me proporciona interesante contenido para un post en mi blog de terapias naturales El TAO del Bienvivir, y paso la última noche charlando con Suely, dueña de la creperie donde me hospedo. Si hubiese cajero en Capao me quedaba un día más, se está muy bien aquí. Pero no es el caso, así que de madrugada, tal y como llegué, dejo este rincón perdido, y en él se queda algún que otro demonio mío. Lo veo despeñarse por el abismo del "cachoeirao", hasta estrellarse, hundirse y desaparecer en sus aguas color café.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Salvador

La primera muestra de bienvenida que me da Brasil al bajar del avion, aparte de un aire calido casi a media noche, es un cartel con mi nombre completo escrito en él. André, hermano de mi amiga Leila, y su mujer Claudia me esperan en el aeropuerto para llevarme al hotel. Aparte de ahorrarme un dudoso taxi, esto me supone una visita nocturna guiada por la ciudad, ya que recorremos diversos barrios de la misma antes de que me dejen en Barra, donde voy a pasar la primera noche. Lo agradezco infinitamente ya que una de mis premisas en los viajes, para no correr riesgos innecesarios, es no llegar de noche a los lugares. Solo que la aerolínea portuguesa TAP no tiene en consideración mis premisas en la planificación de sus vuelos.

Y realmente, no me hubiese gustado nada llegar sola a la puerta de este hotel que he contratado desde Barcelona, ya que es una verdadera cochambre y la calle es lugubre y está desierta. Pero estoy rendida del viaje y no tengo mucho tiempo de reparar en la precariedad de mi alojamiento antes de caer redonda. Cuando el sol me despierta por la mañana, despues de una ducha fresca y un desayuno con el aromatico cafe de mis fantasias hecho realidad, mi impresion de haber entrado en el segundo mundo se desvanece al descubrir que el hotelucho tiene wi-fi, que funciona bastante bien y que el desalinado encargado del hotel pronuncia "wi-fi" a la inglesa (wai fai) y no "guifi" como decimos nosotros los europeos de la franja latina. 

De todos modos, para la siguiente noche me traslado a un albergue juvenil, mucho mas economico, bonito y colorido, regentado por unos delicados brasilenos que han instalado una boa de plumas de color fucsia encima del espejo del lavabo de las chicas. Me parece bien curioso el detalle. Al ser temporada baja, dispongo del dormitorio para mi sola, y tambien tienen wi-fi. Una vez instalada, me dispongo a reencontrarme con esta ciudad, que conoci por primera vez doce anos atras.

Despues de visitar el Pelourinho (centro historico), donde descubro un tienda en la plaza principal, en la que Michael Jackson filmo un video http://www.youtube.com/watch?v=QNJL6nfu__Q&ob=av2e, comer el "acaraje" de rigor, calmar la sed con agua de coco, y sentarme un rato a comtemplar el ir y venir de las gentes delante del Mercado Modelo, decido visitar la iglesia do Senhor do Bonfim, y el fuerte de Monte Serrat, pensando que estaran llenos de turistas, y por lo tanto sera seguro para andar sola.

Me equivoco, en la zona de la iglesia no hay casi nadie, sera porque son las dos de la tarde y la tremenda solana no invita a callejear. Asi que despues de una breve visita y unas fotos, desciendo la ladera hacia el fuerte. Pero antes de entrar, me seduce la playa que lo contornea, con su arena blanca, y su agua tan azul, y hace tanto calor, y yo llevo puesto el bikini, que no me resisto a bajar a, por lo menos, mojarme los pies.

En esta esquina de la playa hay poca gente. Podria irme un poco mas alla donde hay un bar con mesas y sombrillas, pero tambien con mucho barullo, asi que me quedo aqui. Me muero por darme el primer chapuzon en aguas brasilenas, como bautismo de este viaje, pero se que no es prudente dejar las cosas solas en la arena, sobretodo porque llevo el pasaporte conmigo. Me siento cerca de la orilla, y tomo consciencia de la lechosidad de mi piel contrastando con los tonos amarronados de los otros banistas, es evidente para todos que soy la unica guiri de la playa. Al fin decido pedir a una senora que pasea con su nino que vigile mis cosas un momento mientras me lanzo de cabeza al mar. Solo me permito medio minuto de alivio en el agua fresca antes de volver a la vera de mi pasaporte, y me siento en el pareo. Unos adolescentes me observan desde un poco mas alla, yo tambien les miro, para que vean que no me asustan (lei esta estrategia no se donde), caminan hacia mi, uno de ellos me reta con la mirada, yo acepto y acaba apartando la vista el. Pasan de largo, y se dirigen hacia el pie del fuerte. Una pareja me observa desde las rocas, y un hombre joven con un nino tambien me miran desde el agua. El viejo hippy del barecito de este canto (si se puede llamar asi a la barraca que regenta) cruza tambien una mirada conmigo, y decido que es hora de irse. Cuando estoy vistiendome, con el bikini todavia mojado, la chica de las rocas viene hacia mi y me dice que puedo sentarme con ella y su novio si quiero. Le agradezco amablemente y le digo que me voy a visitar el fuerte. Al pie de las escaleras, me alcanza el hombre joven que estaba en el agua con el nino, y me dice que mejor que no me vaya todavia, ya que los adolescentes deben estar esperandome arriba para darme el palo, que vaya a sentarme con el, su hermana y su sobrino, si quiero. Se lo agradezco pero mejor me siento en una de las mesas de la barraca, al amparo de una sombrilla, porque ya me estoy achicharrando. Le pido un agua al hippy, y me dispongo a esperar a que mi angel de la guardia me indique el momento y modo mas seguros de largarme para el albergue.

Un poco mas alla esta sentado un chico moreno que se levanta, dejando el movil y dinero esparramados sobre la mesa, y me pide a mi, la persona mas vulnerable de esta playa, que vigile sus cosas un momento. Supongo que debe haberse percatado de que todos los figurantes de la escena estan pendientes de mi, por lo que mientras me quede aqui, ya nadie me va a robar, ni nada que yo custodie. Le digo que vale y le veo alejarse hacia las rocas. El hombre joven, se acerca de nuevo con la hermana, y se sientan los dos a mi lado. Conversamos, se llama Claudio, me pregunta si tengo familia (marido), y creo percibir un ligero flirteo mientras la hermana mira hacia el mar, controlando a su hijo. Despues de poco me dicen que me acompanan a la parada del bus, pero para eso hay que acercarse al fuerte, por donde andan los adolescentes, y a la vez, tengo que esperar a que vuelva el chico cuyas cosas estoy vigilando. A todo esto, el hippy de la barraca me debe el cambio del agua que he comprado, pero rebusca dentro de la parte delantera de su banador, que hace las veces de monedero, sin encontrar nada (cosa de la cual casi que me alegro), y me dice que ahora le traen monedas.

Total, que llega un momento en que no se a quien le toca mover ficha, ya que andamos esperandonos unos a otros pero nadie se mueve.

Finalmente vuelve el chico de las rocas a por sus cosas, yo paso de las vueltas del hippy, los adolescentes parece que se han ido, y me voy con Claudio, la hermana y el sobrino a la parada del bus, que esta delante de su casa. Al llegar, me dice que me acerca a otra parada en su coche. La hermana, en un aparte, me asegura de que me puedo fiar de el. Ya dentro del coche, Claudio decide llevarme directamente al albergue, y por el camino me cuenta un poco su vida: ex-militar y actualmente estudiante de radiologia y vendedor. Es de Salvador pero vivio unos anos en Rio, es soltero. Tambien me da su mail y su numero de telefono, y me dice que le llame si decido quedarme un dia mas, para llevarme a conocer la ciudad y a ver la puesta de sol mas linda de Salvador. Me deja en la puerta del albergue despues de agradecerle mil veces el rescate. Mientras me relajo, reflexiono sobre lo acontecido y me quedo con una impresion parecida a la que tuve la primera vez que vine aqui, en que tambien tuve un par de altercados con final feliz: que a pesar de la inseguridad de sus calles, hay mas gente buena y solidaria que mala en Salvador.


La invitacion de Claudio es tentadora, y la verdad es que me lo pienso, aunque seguramente implique una intentona de visita al huerto. Pero en las siguientes 24 horas un camarero y un paisano, cada uno por su lado, me proponen tambien ensenarme la ciudad al ocaso del dia, si me quedo un dia mas. Empiezo a pensar que esto es un cliche y que no lo dicen en serio, o que es una llevada al huerto directamente, asi que decido irme esta noche, como tenia planeado, y pongo rumbo a la Chiapada Diamantina.