Un autobús de línea, otro autobús de línea, y, por fin, un barquito de madera que durante una buena hora recorre la bahía que forma la península donde se encuentra Boipeba. Una deliciosa hora en la que me deleito observando no sólo el paisaje de mangas y palmeras, sino a mis autóctonos acompañantes en la embarcación. Pues hay apenas un par de mochileros más en el barco, lo cual se me antoja como un presagio de que Boipeba será un lugar tranquilo.
Y lo es. Encuentro el bonito albergue en la plaza del "pueblo" que, a esta hora, está echando la siesta, y me insalan en una habitación habitada tan sólo por un mosquito que se alimenta de la sangre de los mochileros y que ha aprendido a sortear mosquiteras, aunque eso no lo descubriré hasta más tarde.
Pero primero, como siempre, llevada por mi condición de exploradora, salgo a reconocer el terreno. Y este resulta ser un pequeño paraíso bahiano que me devuelve a mi primer viaje a Brasil, en que me pasé tres meses y medio de playa en playa y de isla en isla, y en que conocí numerosos lugares como Boipeba.
Cuando anochece regreso al albergue y, mientras preparo la cena, veo a una pareja entrar en uno de los cuartos que dan al jardín. Me parece escucharlos hablar en catalán lo cual me sorprende ya que en todo el viaje no me he topado con catalanoparlantes. El chico se acerca a la cocina y le pregunto si son catalanes. Pues si, y de Barcelona, como yo. Así que entablamos conversación en nuestra lengua materna, lo cual se me antoja como una especie de transición hacia la realidad a la que regresaré en unos pocos días. Él es músico e interiorista, y ella responsable del gabinete de prensa de un conocido centro cultural de mi ciudad, y me digo que Barcelona es realmente una ciudad habitada por gente muy interesante. Les explico mi proyecto, les parece genial, como que no les estoy hablando de ciencia ficción, y siento de repente la certeza y convicción de que la tierra prometida que estaba buscando para montar mi centro de terapias no es otra que mi propia tierra. Lo sospechaba, pero he necesitado estos tres meses de travesía para convencerme y darle la razón al refranero popular cuando dice aquello de que la hierba no es más verde en el otro lugar. Si es que ya lo decía Dorothy "no hay ningún lugar como tu casa".
En el camino de vuelta me encuentro con un vendedor de helados que recorre con su colorido carrito las solitarias playas. Me habla, coquetea, y caza con destreza un cangrejo vivo al cual filmo corretear por entre las ruedas del carrito antes de ser capturado. Cuando llego al albergue, alguien ha cazado a unos cuantos primos hermanos del cangrejo, los cuales la bella hostalera llamada Venusa, nos prepara para la cena que compartimos los que estamos por allí. Y después de cenar me uno a mis amigos catalanes y unos conocidos suyos a tomar un mojito en la plaza del pueblo, sentados en unas improvisadas sillas al lado del puesto de los cócteles. Formamos un pequeño grupito internacional de viajeros, y alguno hay que en su momento compró una parcela en este terruño, donde se exila unos cuantos meses al año. Qué suerte, sobretodo si lo compró antes de que Brasil se declarase la quinta potencia mundial y subiesen tanto los precios. Aunque quizás ya era hora de que se nos acabase el chollo a los del supuesto primer mundo, a costa de los del segundo y tercero.
Y entre mojitos, historias de viajes, y proyectos, apuro mi última noche en Brasil, y la última noche de mi aventura al otro lado del Arco Iris. Mañana empieza mi trayecto de regreso.
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