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domingo, 27 de noviembre de 2011

Brasilia

No estaba en el plan, pero cuando llego a la estación de autobuses de Seabra, a un par de horas de Capao, no me dan buenas opciones para llegar a Belo Horizonte, como tenía planeado, así que me digo que puede ser interesante visitar Brasilia, la capital del país, que me viene más o menos de paso hacia Sao Paulo.

El bus sale a las 11:00 de la mañana y llega allí, me dicen, sobre las 6:00 del día siguiente, pero cuando echo cuentas no me salen los números ya que son 14 horas de viaje, y 11 más 14 son 25, o sea, las 3:00h de la mañana. Vuelvo a preguntar, aunque ya he comprado el billete, y esta vez me dicen que llegamos a las 4:30h. Ya empezamos. No quiero llegar de madrugada a ningún lugar, pero el taquillero me asegura que en la terminal de Brasilia hay movimiento a todas horas. No estoy muy segura de que este señor haya estado nunca en esa terminal y me quedo con la mosca detrás de la oreja. Para más INRI me parece recordar que en Brasilia es una hora menos, y si es así llegaremos a las 3:30 de la madrugada, lo que más detesto en los viajes. Este pensamiento me incomoda un poco, pero no quiero amargarme el viaje y, para distraerme echo mano de mi tablet. Björk me susurra al oído, y con ello me duermo un rato. Más tarde, la Mari de Chambao me dice que poquito a poco va entendiendo que no vale la pena andar por andar, que es mejor caminar para ir creciendo, estoy de acuerdo con ella. De hecho, reflexiono acerca de lo sucedido en Capao, de mi proyecto de negocio, y de las ganas que tengo de encontrarme con Natalia. 14 horas dan para mucho pensar y yo no consigo dormir demasiado en los autobuses. Pero entre mis pensamientos se infiltra el temor de llegar a las 3 de la mañana a una estación de autobuses desierta e inóspita, sin una dirección de albergue donde ir. Pregunto un par de veces más a los conductores del bus, y cada vez me sale una hora distinta. Sé que el miedo no es un buen compañero de viaje, y que angustiarme por algo que todavía no ha sucedido y que quizás no suceda es una pérdida de tiempo. Pero no consigo evitar preocuparme un poco. Sólo Amy Winehouse lo ahuyenta por un rato asegurándome, con su potente voz, que no piensa ir a rehab.

Cuando finalmente entramos en Brasilia a las 4:30h de la mañana, el bus para en una estación vieja y oscura al lado de la carretera donde hay alguna gente esperando. Había decidido que si la estación era así, le pediría al conductor de continuar en el bus hasta Goiania, donde llegaríamos después del amaneer. Pero alguien me dice que esto es sólo un apeadero y que aún falta media hora para la terminal de Brasilia. Al llegar a esta observo con alivio un edificio moderno que, una vez dentro, se me antoja como un aeropuerto, con sus cafeterías, punto de información turística, filas de asientos frente a pantallas de televisor, baños públicos y gente por todas partes. Definitivamente, asustarse antes de tiempo es sufrimiento gratuito.

De todos modos me toca esperar a que Brasilia despierte antes de que llegue el personal de información turística y me den la dirección de algún albergue. Resulta que sólo hay uno en Brasilia y es carísimo, caramba con Brasil, realmente se han puesto las pilas.

Un metro me lleva a una estación de autobuses en el centro de la ciudad, punto neurálgico de la metrópolis, y de allí tomo el omnibús número 143 como me han indicado. Le muestro a la taquillera el extraño código de números y letras que hace referencia a la dirección del albergue (no tienen nombres aquí las calles) para que me indique dónde bajarme, pero esta se equivoca y, una vez en tierra, descubro que estoy en un polígono industrial en el norte de la ciudad. La mochila pesa, no encuentro la otra estación de autobuses que alguien me ha indicado, sólo veo coches y naves y empiezo a agobiarme un poco. Cuando estoy al borde de la lágrima, veo a dos mujeres y a un chico en una pequeña parada de bus, y voy hacia ellos. Me dicen que aquí para el 143 que me lleva de nuevo al lugar de partida, donde puedo volver a intentar llegar al albergue. Menos mal. Llegan más mujeres, todas con similares bolsas blancas de plástico y cajas de zapatos dentro. Como es sábado, les pregunto si es que hay un mercadillo cerca. Me dicen que no, que han sido contratadas todas por una empresa de limpieza y que vinieron a buscar el uniforme. Qué suerte la mía, de otro modo no creo que hubiese habido nadie en esa parada de bus.

Afortunadamente, este mismo bus me deja en la puerta del albergue, que es feo de narices, pero cuenta con personal muy agradable. Además, por tener el carnet H.I. (Hostelling International) me hacen un buen descuento, menos mal, todavía ando sufriendo por mi economía, después del sablazo del Valle del Paty.

Una vez acomodada, salgo a explorar la ciudad. Parece que todo empieza y termina en la estación central, desde donde veo la Esplanada de los Ministerios, la Catedral, y un edificio en forma de planeta, con su órbita y todo, que resulta ser un museo. Dentro, una exposición de un fotógrafo brasileño muestra expresivos y cautivadores retratos de los integrantes de una tribu angoleña.

Pero no veo bares en esta ciudad de amplias avenidas y espaciosos parques. Ni escuelas, ni tiendas (aparte del centro comercial). No hay casco viejo, es una ciudad verdaderamente marciana. Me consigo, de milagro, unos pocos ingredientes para cocinar pasta para la cena, y vuelvo al albergue. No hay ambiente ninguno en esta ciudad, por lo que me digo que aprovecharé para escribir este fin de semana.

Pero el Universo tiene otros planes para mí y me coloca, como compañera de litera a Oana, una chica rumana que vive en Chile y que está tan perdida en Brasilia como yo. Así que decidimos explorar juntas la ciudad. Para mi fortuna y sorpresa, Oana es arquitecto y, si algún interés tiene Brasilia, es la arquitectura. Gracias a ella la ciudad cobra sentido, al menos histórico, y empiezo a entender su extraña estructura.

Por lo visto no fue diseñada para el aterrizaje de extraterrestres, como yo pensaba (creo que se sentirían aquí como en casa), sino que fue un proyecto arquitectónico de los años 60, en que Brasil decidió construirse una capital en mitad del país y de la nada, y repartió el terreno entre unos cuantos arquitectos para que se esplaiaran. Oana me comenta que el estilo de los principales edificios es modernista, sobrio y funcional, y de dimensiones descomunales. Por lo visto, en la época no se tenía en demasiada consideración el urbanismo como conjunto, así que se dedicaron a plantar sus gigantescas creaciones aquí y allá, rellenándolo todo con avenidas y grandes extensiones de hierba. Con el tiempo se dieron cuenta que no habían construido una ciudad para el ser humano, que se siente como una hormiga en ella, lo aseguro, pero ya era tarde. Bueno, por lo menos los arquitectos se lo pasarían bien.

La verdad es que la ciudad intimida un poco y en dos días no nos topamos con ningún otro mochilero o turista, ni con nadie de aspecto caucasiano. Ni siquiera en el albergue, donde los demás son todos estudiantes de otras ciudades que vinen por exámenes. Yo no llamo tanto la atención, pero Oana es rubia, de piel blanquísima, con ojos claros y más alta que la media de los habitantes de esta ciudad. Por lo que atrae muchas miradas, cosa que la incomoda un poco. No se siente segura aquí, y no me extraña, yo tampoco mucho.

A pesar de todo, decidimos aventurarnos un poco más allá de centro, y nos subimos a un bus que nos va a llevar al puente JK. En el bus, las marcianas somos nosotras, no hay un sólo extranjero y todos son muy morenos. La intención es bajarnos en el puente, tomar fotos, pasear un poco y volvernos en el mismo bus, en la otra dirección. Pero tal y como nos acercamos a nuestro supuesto destino, vemos que, de nuevo, no hay bares, ni tiendas, ni gente en la calle, ni nada más que casas cerradas a cal y canto. Sin decirnos nada, pues las dos sabemos lo que estamos pensando, pasamos de largo el puente esperando en vano ver un poco más de animación más adelante. Pero pronto tenemos que rendirnos a la evidencia de que ningún lugar nos va a parecer seguro y apetecible para abandonar el bus. Así que verbalizamos nuestros pensamientos y concordamos en pedirle a la taquillera que nos deje quedarnos en el bus hasta el final de la línea, para volver con él hasta donde nos subimos. La taquillera nos mira extrañada pero asiente. Algunos de los pasajeros nos hace preguntas, que de dónde somos, etc. Oana me pregunta si estoy asustada, le digo que mientras estemos dentro del bus no.

El trayecto parece no acabar nunca y, tal y como nos alejamos del centro de Brasilia, nos vamos adentrando en barriadas muy diferentes del proyecto arquitectónico que ideó Nymeye, y dónde reconozco el Brasil de verdad. Casas desordenadas, tiendas, bares, congregaciones religiosas, gente por todas partes y calles mal asfaltadas. Aquí es pues, donde vive la gente que trabaja en Brasilia.

Al fin el bus llega a su destino, donde nos piden que nos bajemos y que subamos a otro bus de la misma línea que está a punto de salir hacia la ciudad. Sólo unos metros nos separan del otro vehículo pero son unos metros críticos en que nos vemos rodeadas de los habitantes de este lejano y destartalado barrio. Corremos hacia el otro coche, algunos quieren ayudarnos pero no les damos tiempo. Saltamos dentro y nos instalamos cerca del conductor, como si fuese a salvarnos de algo. Debemos haber sido la sensación del día para los vecinos de este lugar.

El trayecto de regreso se nos hace corto, Oana incluso se atreve a sacar su super-cámara de fotos para retratar el puente de marras desde dentro del bus. Cuando ya estamos llegando de nuevo a la estación, me digo que hemos sido un poco paranoicas, claro, ahora que ya todo ha pasado, se ve de otra manera. O quizás no. Quizás ese barrio cuyo suelo pisamos durante breves segundos sea uno de esos lugares sobre los que el Lonely planet advertiría: "hagas lo que hagas, no vayas".

Me molesta tener esta sensación de miedo en Brasil. Siempre he defendido, por mi experiencia de anteriores viajes, que Brasil no es tan peligroso como lo pintan. Que sus gentes son amables, amistosas y muy amorosas. Que Brasil no sólo son favelas y crimen, que la mayor parte de los Brasileños son gente de gran corazón. Sin embargo, aquí en Brasilia, con sus calles desiertas, su ausencia de turistas y con Oana atrapando miradas continuamente, pobre, no puedo evitar sentir una sensación de inseguridad que no me gusta. Como dije, creo que el miedo es un mal compañero de viaje y atrae la mala suerte. Generalmente es inevitable sentirlo, pero tiempo atrás aprendí que es posible neutralizarlo. Precisamente aquí en Brasil, en mi segundo viaje a este país, leí dos veces del tirón un libro llamado "Feel de fear and do it anyway" (siente el miedo y hazlo de todos modos). Fue muy liberador ya que en lugar de ofrecer estrategias para no sentir miedo, lo que sugería era aceptarlo y aprender a convivir con él. Esto me ha servido mucho posteriormente en situaciones de cierto temor, como por ejemplo antes de una charla en público, en que he sentido mi corazón y respiración acelerarse y mi voz temblar, y me he dicho que es normal, que no pasa nada porque me tiemble la voz el primer minuto o dos, que luego se va a pasar. Me he permitido sentir miedo y este, al cabo de poco, ha cedido. He encontrado esta estrategia mucho más efectiva que la de respirar hondo y obligarme a no estar nerviosa.

Así pues, me digo, no voy a permitir que el miedo (muchas veces infundado) me impida seguir conociendo Brasil ni cualquier otro lugar. Quizás es que hace mucho tiempo que no estoy por aquí y me dejo llevar por prejuicios. De hecho, comentamos con Oana que, muy a nuestro pesar, las pieles oscuras de este lugar nos predisponen, aunque quizás nuestras pintas los predispongan a ellos. Bueno, al menos sabemos que es sólo un prejuicio y somos conscientes de él. Probablemente nos hemos puesto un poco paranoicas, pero si hubiera por lo menos barecitos, músicos en la calle o niños saliendo de la escuela, nos sentiríamos de otra manera aunque alomejor estaríamos corriendo mayores riesgos de que nos robasen.

De todos modos me digo que el interior de Brasil es muy distinto a la costa, aunque Brasilia no es realmente una ciudad representativa de este país. Es un invento que plantaron en mitad de su territorio, muy ajeno a su realidad para que los marcianos se sientan bienvenidos cuando nos invadan.

martes, 22 de noviembre de 2011

Chapada Diamantina

Siete horas de bus separan Salvador de Bahía de Palmeiras, en la Chapada Diamantina, donde nos esperan unos jeeps que nos llevan a Capao por una carretera sin asfaltar. Llegamos de madrugada y la plaza donde se supone que me tiene que estar esperando el guía, está desierta, así que desayuno en un barecito que encuentro abierto, y espero a que el pueblo despierte.

Helena, mi contacto en Capao, y con quien paso el primer día, me pone al corriente de la historia del lugar. Desde que la Chapada Diamantina se declarase parque nacional, la explotación de diamantes, forma de vida tradicional de los nativos, quedó prohibida y substituida por la explotación turística. Esto potenció la proliferación de pequeños hoteles y posadas en los pueblos de la zona, como Capao, así como el desarrollo de un colectivo de "conductores de visitantes" o guías de montaña, generalmente compuesto por jóvenes de ciudades brasileñas, más que nativos de la Chapada, que se asentaron en estos pueblos e hicieron de esta actividad parte de su forma de vida. El cultivo masivo de frutas y verduras quedó también prohibido, aunque hay quien sigue teniendo su pequeño huerto para auto-abastecimiento y para vender en los mercados locales. Y todavía queda algún viejo buscador de diamantes que hace caso omiso de las prohibiciones y sigue bajando estas piedras preciosas de las fabulosas montañas, lo que supone también un cierto tráfico, todavía, de estos minerales. Me entero, además, de que el mayor diamante del mundo fue encontrado aquí, y fue usado para las excavaciones del canal de Panamá.

Un par de días después, salgo en una excursión hacia el Valle do Paty. Van a ser cuatro días y tres noches, dormiremos un día en casa de nativos y dos acamparemos. El precio me parece exagerado, y me paso catorce pueblos del presupuesto. Tan sólo el transporte hasta el punto de partida de la caminata me cuesta más que un billete de avión de Salvador a Sao Paulo. Pero me digo que no puedo dejar de hacer la excursión, ya que estoy aquí, y que sin guía y sin coche es imposible hacerla. Así que asumo mi condición de turista "gringa", y pago el precio por ello. Más tarde, averiguaré que había una forma más económica de hacer esto, y con un colectivo más afín a mi, ya que organizan excursiones en grupo combinadas con prácticas de yoga y actividades de este tipo. Pero para entonces, ya habré vuelto del Paty.

Mis expectativas para esta experiencia, de ver parajes hermosos y de exorcizar mis demonios a base de esfuerzo físico, están a punto de cumplirse con creces.

Este valle es un paraíso natural de sobrecogedores paisajes. El "cachoeirao", gigantesca cascada que vemos desde su cima al final del primer día, me impacta no sólo visual sino físicamente también. Siento cómo se me encoge el pecho de respeto y admiración mientras observo su vertiginosa caída, tumbada en una piedra que se asoma, arriesgada, como un balcón a la boca del valle. Delante, majestuosas montañas se abren a los lados para formar la cuenca por dónde se desliza el agua.

Un baño en una pequeña cascada, escondida tras una enorme roca de cuarzo rosa, me repone los niveles de energía, que tengo en números rojos, tras la tremenda caminata.

La cima del "morro do castelo" me ofrece la privilegiada visión de un pájaro, de este conjunto de montañas de peculiar silueta, que un día fueran apenas islas de un mar.

Numerosos y abundantes ríos se van cruzando en el camino, ofreciéndonos agua de color café (por los taninos, según el guía) pero purísima, y de la cual bebemos, además de recodos de piedras llanas donde reposar e incluso bañarnos.

Y la comida (¡vegetariana!) de los nativos que regentan nuestro alojamiento de la segunda noche, empata sin ningún esfuerzo y con muy limitados recursos, el menú del restaurante biológico más reputado de Barcelona.

Por otro lado, los demonios que he venido a encarar no tardan en manifestarse y materializarse. Mi relación con el dinero, saneada estos últimos años, me propone un mayor reto: confiar en que la abundancia va a seguir fluyendo hacia mí, a pesar de que en estos momento no tengo ninguna fuente de ingresos, ni se cuándo la tendré de nuevo, me he comido el presupuesto de dos semanas de viaje en tres días con esta excursión, y además, el guía no repara en gastos y pasa de acampar ninguna noche (al contrario de lo acordado), con lo cual tengo que pagar alojamiento extra, que no es mucho, pero va aumentando mi déficit. Todo esto me fuerza a buscar fe donde no la tengo, y a confiar en que me recuperaré en otro momento del viaje. Pero también me sirve para darme cuenta de que mi reconciliación con el dinero es relativa y que es un tema que tengo que seguir trabajando.

Otro demonio llamado "incomunicación" me asalta en un recodo. Quisiera encarar al guía y decirle cuatro cosas que no me están gustando, pero no me atrevo. Me digo a mí misma que no es prudente cabrearlo porque si me deja tirada estoy perdida. Aunque en realidad, es más que eso, ya que no creo que me abandone en medio de la montaña, simplemente me violenta encararlo y, además, no creo que sirva de nada. En los últimos tiempos he hecho un esfuerzo por comunicarme en los conflictos, cuando he considerado que valía la pena, y ello me ha hecho sentir bien conmigo misma por la dificultad que esto ha supuesto siempre para mí. Sin embargo, he llegado a la conclusión de que hablar las cosas no siempre las resuelve. Pienso que, más que palabras, se necesitan estrategias para resolver las situaciones, porque las personas escuchamos muy poco y a menudo adaptamos lo que oímos a nuestras propias creencias, con lo cual, pocas veces hay un intercambio verdadero de impresiones. Por ello, hay que pasar a la acción. Lo que sucede es que me he puesto, sin darme cuenta, en una situación de total dependencia, y mi estrategia habitual (para cuando no creo que el otro se atenga a razones), que es la de largarme con viento fresco, aquí no sirve. Me doy cuenta de que en realidad no estoy enfadada con el guía, ni con el morro que le está echando a todo, ni con sus comentarios homófobos, ni con que cuestione mi vegetarianismo, ni con su inonsistente discurso ambientalista, ni con que ponga verdes por detrás a todos los otros guías que nos encontramos en el camino. Me importa un pito el guía, lo que no aguanto es que mi supervivencia estos días dependa de un hombre como este. Empiezo a asociar todo esto con mi aversión al patriarcado y me asusta la sospecha de que en realidad sea un poco andromisa. Y no tengo un plan B para salirme de esta. Simplemente, debía haber planeado mejor la excursión pero, ¿no era a mí que me gustaba improvisar en los viajes?

Finalmente concluyo que las cosas pasan por un motivo y que no me queda otra que aceptar algunas circunstancias tal y como son. El último día, en que mi desagrado por sus comentarios es ya muy obvio, el guía decide caminar en silencio, lo cual agradezco y consigo, al fín, disfrutar del paisaje. Sin embargo, la caminata de hoy es bien ardua, veintisiete kilómetros de montaña embarrada, mis piernas son todo dolor, se me clava una uña del pie (que debía haber cortado y que probablemente perderé) a cada paso, y siento por momentos que no me va a dar la energía. Además el guía no muestra compasión y me dice que tenemos que caminar más rápido o llegaremos de noche. No discuto y, para ahuyentar mis malos deseos hacia el guía y toda su familia, me concentro en el paisaje emborronado por la niebla, y en las bocanadas de aire fresco que engullo antes de abandonar este increíble valle, porque no se cuándo volveré a disponer de tanto oxígeno, y en el dolor de mis piernas, y en la uña clavándose, y todo ello es como una meditación que sólo me permite percibir el momento presente y pasar de los demonios que, al fin y al cabo, es lo que vine a hacer.

Un coche nos recoge en un pueblo al que llegamos de tarde, le pido al conductor que me deje en la calle principal de Capao, y me despido del guía de manera escueta. Creo que al final su actitud zen se ha ido al cuerno y he conseguido cabrearle. Pobre, en el fondo me sabe mal, ha sido víctima de mis demonios. Pero es lo que tiene, supongo, andar con turistas gringas paranoicas como yo por la montaña. Será por eso que son tan caras estas excursiones.

Me otorgo dos días de descanso en un pequeño hostal de comida vegetariana, que se me antoja un oasis, después de mis andanzas por el paradisíaco infierno del Valle del Paty. Ceno con un grupo de mallorquines que paran por aquí, escribo, duermo, me entrevisto con Cristian, sanador ayurvédico que me proporciona interesante contenido para un post en mi blog de terapias naturales El TAO del Bienvivir, y paso la última noche charlando con Suely, dueña de la creperie donde me hospedo. Si hubiese cajero en Capao me quedaba un día más, se está muy bien aquí. Pero no es el caso, así que de madrugada, tal y como llegué, dejo este rincón perdido, y en él se queda algún que otro demonio mío. Lo veo despeñarse por el abismo del "cachoeirao", hasta estrellarse, hundirse y desaparecer en sus aguas color café.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Salvador

La primera muestra de bienvenida que me da Brasil al bajar del avion, aparte de un aire calido casi a media noche, es un cartel con mi nombre completo escrito en él. André, hermano de mi amiga Leila, y su mujer Claudia me esperan en el aeropuerto para llevarme al hotel. Aparte de ahorrarme un dudoso taxi, esto me supone una visita nocturna guiada por la ciudad, ya que recorremos diversos barrios de la misma antes de que me dejen en Barra, donde voy a pasar la primera noche. Lo agradezco infinitamente ya que una de mis premisas en los viajes, para no correr riesgos innecesarios, es no llegar de noche a los lugares. Solo que la aerolínea portuguesa TAP no tiene en consideración mis premisas en la planificación de sus vuelos.

Y realmente, no me hubiese gustado nada llegar sola a la puerta de este hotel que he contratado desde Barcelona, ya que es una verdadera cochambre y la calle es lugubre y está desierta. Pero estoy rendida del viaje y no tengo mucho tiempo de reparar en la precariedad de mi alojamiento antes de caer redonda. Cuando el sol me despierta por la mañana, despues de una ducha fresca y un desayuno con el aromatico cafe de mis fantasias hecho realidad, mi impresion de haber entrado en el segundo mundo se desvanece al descubrir que el hotelucho tiene wi-fi, que funciona bastante bien y que el desalinado encargado del hotel pronuncia "wi-fi" a la inglesa (wai fai) y no "guifi" como decimos nosotros los europeos de la franja latina. 

De todos modos, para la siguiente noche me traslado a un albergue juvenil, mucho mas economico, bonito y colorido, regentado por unos delicados brasilenos que han instalado una boa de plumas de color fucsia encima del espejo del lavabo de las chicas. Me parece bien curioso el detalle. Al ser temporada baja, dispongo del dormitorio para mi sola, y tambien tienen wi-fi. Una vez instalada, me dispongo a reencontrarme con esta ciudad, que conoci por primera vez doce anos atras.

Despues de visitar el Pelourinho (centro historico), donde descubro un tienda en la plaza principal, en la que Michael Jackson filmo un video http://www.youtube.com/watch?v=QNJL6nfu__Q&ob=av2e, comer el "acaraje" de rigor, calmar la sed con agua de coco, y sentarme un rato a comtemplar el ir y venir de las gentes delante del Mercado Modelo, decido visitar la iglesia do Senhor do Bonfim, y el fuerte de Monte Serrat, pensando que estaran llenos de turistas, y por lo tanto sera seguro para andar sola.

Me equivoco, en la zona de la iglesia no hay casi nadie, sera porque son las dos de la tarde y la tremenda solana no invita a callejear. Asi que despues de una breve visita y unas fotos, desciendo la ladera hacia el fuerte. Pero antes de entrar, me seduce la playa que lo contornea, con su arena blanca, y su agua tan azul, y hace tanto calor, y yo llevo puesto el bikini, que no me resisto a bajar a, por lo menos, mojarme los pies.

En esta esquina de la playa hay poca gente. Podria irme un poco mas alla donde hay un bar con mesas y sombrillas, pero tambien con mucho barullo, asi que me quedo aqui. Me muero por darme el primer chapuzon en aguas brasilenas, como bautismo de este viaje, pero se que no es prudente dejar las cosas solas en la arena, sobretodo porque llevo el pasaporte conmigo. Me siento cerca de la orilla, y tomo consciencia de la lechosidad de mi piel contrastando con los tonos amarronados de los otros banistas, es evidente para todos que soy la unica guiri de la playa. Al fin decido pedir a una senora que pasea con su nino que vigile mis cosas un momento mientras me lanzo de cabeza al mar. Solo me permito medio minuto de alivio en el agua fresca antes de volver a la vera de mi pasaporte, y me siento en el pareo. Unos adolescentes me observan desde un poco mas alla, yo tambien les miro, para que vean que no me asustan (lei esta estrategia no se donde), caminan hacia mi, uno de ellos me reta con la mirada, yo acepto y acaba apartando la vista el. Pasan de largo, y se dirigen hacia el pie del fuerte. Una pareja me observa desde las rocas, y un hombre joven con un nino tambien me miran desde el agua. El viejo hippy del barecito de este canto (si se puede llamar asi a la barraca que regenta) cruza tambien una mirada conmigo, y decido que es hora de irse. Cuando estoy vistiendome, con el bikini todavia mojado, la chica de las rocas viene hacia mi y me dice que puedo sentarme con ella y su novio si quiero. Le agradezco amablemente y le digo que me voy a visitar el fuerte. Al pie de las escaleras, me alcanza el hombre joven que estaba en el agua con el nino, y me dice que mejor que no me vaya todavia, ya que los adolescentes deben estar esperandome arriba para darme el palo, que vaya a sentarme con el, su hermana y su sobrino, si quiero. Se lo agradezco pero mejor me siento en una de las mesas de la barraca, al amparo de una sombrilla, porque ya me estoy achicharrando. Le pido un agua al hippy, y me dispongo a esperar a que mi angel de la guardia me indique el momento y modo mas seguros de largarme para el albergue.

Un poco mas alla esta sentado un chico moreno que se levanta, dejando el movil y dinero esparramados sobre la mesa, y me pide a mi, la persona mas vulnerable de esta playa, que vigile sus cosas un momento. Supongo que debe haberse percatado de que todos los figurantes de la escena estan pendientes de mi, por lo que mientras me quede aqui, ya nadie me va a robar, ni nada que yo custodie. Le digo que vale y le veo alejarse hacia las rocas. El hombre joven, se acerca de nuevo con la hermana, y se sientan los dos a mi lado. Conversamos, se llama Claudio, me pregunta si tengo familia (marido), y creo percibir un ligero flirteo mientras la hermana mira hacia el mar, controlando a su hijo. Despues de poco me dicen que me acompanan a la parada del bus, pero para eso hay que acercarse al fuerte, por donde andan los adolescentes, y a la vez, tengo que esperar a que vuelva el chico cuyas cosas estoy vigilando. A todo esto, el hippy de la barraca me debe el cambio del agua que he comprado, pero rebusca dentro de la parte delantera de su banador, que hace las veces de monedero, sin encontrar nada (cosa de la cual casi que me alegro), y me dice que ahora le traen monedas.

Total, que llega un momento en que no se a quien le toca mover ficha, ya que andamos esperandonos unos a otros pero nadie se mueve.

Finalmente vuelve el chico de las rocas a por sus cosas, yo paso de las vueltas del hippy, los adolescentes parece que se han ido, y me voy con Claudio, la hermana y el sobrino a la parada del bus, que esta delante de su casa. Al llegar, me dice que me acerca a otra parada en su coche. La hermana, en un aparte, me asegura de que me puedo fiar de el. Ya dentro del coche, Claudio decide llevarme directamente al albergue, y por el camino me cuenta un poco su vida: ex-militar y actualmente estudiante de radiologia y vendedor. Es de Salvador pero vivio unos anos en Rio, es soltero. Tambien me da su mail y su numero de telefono, y me dice que le llame si decido quedarme un dia mas, para llevarme a conocer la ciudad y a ver la puesta de sol mas linda de Salvador. Me deja en la puerta del albergue despues de agradecerle mil veces el rescate. Mientras me relajo, reflexiono sobre lo acontecido y me quedo con una impresion parecida a la que tuve la primera vez que vine aqui, en que tambien tuve un par de altercados con final feliz: que a pesar de la inseguridad de sus calles, hay mas gente buena y solidaria que mala en Salvador.


La invitacion de Claudio es tentadora, y la verdad es que me lo pienso, aunque seguramente implique una intentona de visita al huerto. Pero en las siguientes 24 horas un camarero y un paisano, cada uno por su lado, me proponen tambien ensenarme la ciudad al ocaso del dia, si me quedo un dia mas. Empiezo a pensar que esto es un cliche y que no lo dicen en serio, o que es una llevada al huerto directamente, asi que decido irme esta noche, como tenia planeado, y pongo rumbo a la Chiapada Diamantina.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Planeando

Recuerdo el día en que Natalia me planteó la idea de hacer un viaje largo juntas por tierras latinoamericanas. Era invierno, el estrés dominaba mi vida, y a pesar de tener en ese momento un empleo que me permitía viajar, ya hacía tiempo que mi naturaleza nómada me estaba implorando un nuevo destino. Así que la perspectiva de dejarlo todo y tomarme un tiempo sabático viajando de verdad, como preludio de una nueva etapa, hizo que las cosas se pusieran en su lugar dentro de mi cabeza, y esta aventura empezó a tomar forma.

Sabía que sería difícil, durante el tiempo que faltaba para partir, no construir expectativas, a pesar de la intención de no hacerlo, por aquello de no defraudarme. Por eso intenté que esta vez fuesen modestas. Las imagenes que, recurrentemente, me venían a la cabeza cuando decidí pasar por Brasil antes de encontrarme con Natalia en Uruguay, fueron recuerdos e impresiones gratas de mis anteriores visitas a ese país: la fruta fresca y sabrosa del "sacolao", los baños en aguas frías de océano, las cascadas, el calor del sol, el cafe dulce y aromático de las mañanas, la música constante y, por supuesto, la hospitalidad y cercanía de sus gentes. Y dejé que mis fantasías revolotearan simplemente alrededor de esto, sabiendo que todo lo demás que me iba a encontrar era impredecible y sorpresa. Sin embargo, un fantasía mucho mayor y engendrada en mi primer viaje al otro lado del charco, se infiltró entre las otras: la de no regresar y quedarme a hacer las américas. En este momento de mi vida, todo podía suceder, y mi proyecto de montar un negocio al volver del viaje podía desarrollarse realmente en cualquier lugar. Pero no iba a permitir que mi aventura estuviera condicionada a esta idea, así que la reduje a la categoría de "una opción", según como fuesen las cosas, e intenté adoptar una actitud relajada y abierta.

Tampoco tengo por costumbre planear demasiado mis viajes, sobretodo cuando son largos, para permitir que el azar (mejor estratega que yo) me vaya indicando el camino, y vaya proponiendo la mejor opción, como siempre hace cuando se le deja. Pero tenía pendiente una visita a la Chapada Diamantina en Bahía, y una gran necesidad de hacer senderismo para exorcizar los demonios que se han ido instaurando en mi mente, en estos últimos tiempos de estrés en la ciudad. Así que aproveché un par de contactos y medio organicé desde Barcelona una ruta por ese parque nacional. A partir de ahí, el único plan era ir bajando hasta la frontera con Uruguay, parando en Belo Hotizonte, Sao Paulo e Iguazú. Una vez com Natalia nos encaminaríamos hacia el Machu Pichu, pasando seguramente por Argentina y Chile. De ahí ella volvería a casa y yo a Salvador vía Bolivia. Las únicas fechas de referencia eran mi llegada a Brasil el 15 de noviembre, mi encuentro con Natalia el 5 de diciembre (aproximadamente), su regreso e Uruguay a mediados de enero, y mi vuelo de regreso a Barcelona el 14 de febrero.

Con esas coordenadas, y sabiendo que no eran fijas, empaqueté una mochila mas bien pequeña, dejé mi piso, me despedí de mi trabajo y seres queridos, y aguardé lo mas paciente que pude a que llegase el tan esperado día.

Hasta que llegó. El 15 de noviembre, día de la proclamación de la Republica Brasileña (detalle que sólo mi subconsciente recordaba, y por el cual probablemente elegí esa fecha), dejé dos rostros amigos diciéndome adiós al otro lado de los controles del aeropuerto, y puse rumbo al verano, al otro lado del arco iris.