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viernes, 27 de enero de 2012

Corumbá






















Por fin voy a subirme a un tren en Bolivia, experiencia imprescindible en el paso por este país. Son casi veinticuatro horas desde Santa Cruz hasta Puerto Quijarro, en la frontera con Brasil, y hay otras formas de llegar, pero no puedo abandonar estas tierras sin realizar al menos un trayecto en tan clásico medio de locomoción.

Así que me aseguro un buen lugar en la ventana, y me dispongo a disfrutar del paisaje. Multitud de vendedores de comida y bebida nos van abasteciendo a los viajeros de estación en estación, aunque para mí, aparte de fruta, no hay muchas opciones ya que predominan los pinchos de pollo y carne, pero me apaño con unas mandarinas y algo más.

Las primeras horas de viaje trascurren entre unos arbustos altos que nos privan de vista alguna. Y las siguientes horas de viaje, también. Hasta que cae la noche y ya no se ve nada, ni los arbustos. Mi gozo en un pozo, atrás quedaron los fabulosos paisajes de montaña eterna que tanto disfruté en las largas horas de autobús por el altiplano. Además, no hay cholitas con gallinas en este tren, tópico pintoresco que cabría esperar y que le daría un grado de interés al trayecto y algo que contar, sino bolivianos y extranjeros con atuendos occidentales. Bueno, menos mal que en los trenes no me mareo al leer, y echo mano de mi pequeño libro sobre hombres y mujeres cabronas que tanto me instruye y me divierte. Además, el tren no va lleno y más tarde encuentro dos anchos asientos donde acomodarme a dormir.

Al amanecer vuelvo a mi lugar en la ventana y compruebo que seguimos atravesando el túnel de arbustos, así que entablo conversación con mi compañera de asiento. Es peruana, muy joven, y va a Sao Paulo a hacer un semestre de universidad. Ayer me fijé que leía un libro sobre formas modernas de esclavitud, me dice que está estudiando comunicación y le pregunto sobre la situación política de su país. Por supuesto, no tengo ni idea acerca del tema, pero compruebo que ella, a pesar de su juventud, si. Me ofrece una disertación ampliamente documentada y con todo lujo de detalles respecto a sucesos, personajes, acuerdos y leyes de los últimos por lo menos diez años de Perú. Quedo impresionada pero no sorprendida, ya que no es la primera veinteañera que me encuentro en estas latitudes con semejante conocimiento. Y lo compruebo de nuevo cuando entablo conversación con un trío de brasileños, también jóvenes, durante las siete horas de cola que nos toca hacer para atravesar la burocráticamente complicada frontera que separa Bolivia de Brasil, para lo cual nos marcan con un número, como si de carcelarios se tratase.

Son dos chicas y un chico, y mientras ellas buscan un lugar donde ducharse, él me cuenta que pertenecen a una organización activista de concienciación política, por lo que pregunto sobre la situación socio-económica de su país. Y el chico confirma mis sospechas de que ese crecimiento desbordado que tanto proclaman los brasileños de cara a occidente, es relativo. Cuando llegué a Bahía, hace ya más de dos meses, pude percibir que las calles no estaban, de repente, asfaltadas en oro. Sólo que todo era ridículamente caro. Alex, en Sao Paulo, ya me comentó que en realidad la gente estaba viviendo de crédito, la misma quimera por la que los europeos hemos pasado estos últimos años. Y ahora este chico me cuenta que este posicionamiento como quinta potencia mundial, en el que se ubica Brasil, está basado en el P.I.B., lo cual no se refleja necesariamente en la calidad de vida y de empleo de los ciudadanos. Yo desconozco los entresijos y secretos de la maquinaria económica, pero lo que me pregunto es si quiero montar un negocio en un país donde los precios se han quintuplicado, pero las aceras siguen mal asfaltadas, los autobuses son igual de precarios que hace diez años, sigue habiendo niños que duermen en las calles y extrema corrupción.

Mientras reflexiono acerca de todo esto, la escena me ofrece un drástico contraste a toda esta conciencia política y sabiduría de la juventud latinoamericana. Delante de mí, en la eterna fila entre fronteras, una joven pareja espera su turno. Llevan dos niños, uno de unos cuatro años y el otro a cuello, ambos con camisetas del Barça. Ni siquiera sabía que hubiese tallas tan pequeñas de las costosas camisetas del equipo de mi ciudad, particularmente en un lugar como Bolivia, donde a veces es difícil encontrar papel higiénico en los servicios. Charlo un poco con la chica, le pregunto la edad de sus niños, y sus nombres, y me dice que el pequeño se llama Lionel. Bueno, serán preconceptos, quizás si mi nuevo amigo activista me hubiese contado que tiene un hijo llamado Stalin, también me hubiese parecido grave.

Una vez en Brasil, me despido de mis nuevos amigos, que siguen su viaje, intercambiamos mails, y el chico insiste en que le llame cuando llegue a Belô Horizonte, que me quede en su casa, que me enseñará la ciudad y los alrededores. Qué bien, pienso, y me voy al albergue con piscina que tanto he anhelado desde que lo vi en la guía.

Después de una noche de buen descanso, compruebo con placer que las nubes que ayer cubrían el cielo se han levantado, dejando paso a un alegre sol. Y tras un par de gestiones en el pueblo (cambio de dinero y consulta de horarios en la terminal) me dispongo a disfrutar de una soleada mañana en la piscina. Enfundada en el bikini que lleva dos meses sin salir de la mochila, y envuelta en el pareo que me ha servido de bufanda todo este tiempo, me voy hacia las tumbonas al lado de la piscina, junto a la cual hay un grupo de brasileños bebiendo cerveza, y ninguna chica. Me corta un poco el rollo, pero no voy a renunciar a tomar el sol, aunque mejor me abstengo de hacer top-less. Porque en este país, donde es perfectamente correcto calzarse el más minúsculo tanga que deje al descubierto libremente la mayor opulencia de unas posaderas, mostrar los pechos es, en cambio, terriblemente inmoral y motivo de multa.

Así que paso sin poder evitarlo por delante de los chicos, a los cuales saludo con un escueto “bom dia”, me acomodo en la tumbona, y en breve tengo a un par de ellos encima. Como se que no me van a dejar en paz, a no ser que me ponga borde, decido aprovechar la ocasión para poner en práctica la teoría aprendida en mi librito rosa. Se acercan, me hablan, chapotean a mi vera, hacen bromas para llamar mi atención, y yo les sonrío pero me concentro en mi escritura, lo cual sólo los provoca más, y se sientan en la tumbona de al lado. Me preguntan si estoy casada, me invitan a cerveza, me invitan a salir por la tarde, pero yo me limito a responder apenas con monosílabos, aceptar una (y sólo una) de sus cervezas, y seguir escribiendo. Me río por dentro al verles revolotear a mi alrededor como moscas sobre un indiferente pastel, pero sospecho que si alguno de ellos me interesase lo más mínimo, no sería capaz de mantener tan frívola compostura. Y me digo que en el arte de la seducción estoy en bragas (quizás porque en mi anterior reencarnación fui un monje o algo así) y que mi única arma es la espontaneidad, cuando esta funciona.

Por la tarde los esquivo y me voy sola al embarcadero, el cual me ofrece un  paisaje de río americano de interior por donde casi puedo ver un barco de vapor navegar, y a Tom Sawyer corriendo por la orilla, lo cual me inspira para seguir escribiendo. 

Y por la noche emprendo una nueva y larga travesía hacia el corazón de Brasil.

lunes, 23 de enero de 2012

Santa Cruz






















A las siete de la mañana, con las calles recién puestas y los negocios todavía cerrados, Santa Cruz me intimida un poco. Seguramente esté sugestionada por lo que algunas malas lenguas me contaron sobre la peligrosidad de esta ciudad ya que, tal y como la recorro, mochila a cuestas, buscando el albergue, me parece muy linda y tranquila, no tanto como Sucre, pero con una peculiar combinación de edificios que la debaten entre lo moderno y lo colonial. Después de una restauradora siesta matutina (deliciosa modalidad), salgo a explorarla, y a esta hora, mediodía, no hay nada en ella que pueda asustarme. Al contrario, su cálido clima me abraza, confortándome después de todo el frío pasado aquí en Bolivia.

Tengo pensado dedicarle tan sólo un par de días a Santa Cruz, antes de subirme al tren que me llevará a la frontera con Brasil, y mi plan se confirma cuando en la oficina de turismo me informan que ni excursiones ni visitas a minas o volcanes se organizan desde aquí. Lo más típico es desplazarse hasta Vallegrande para visitar la tumba del Che, pero eso implica un viaje de varios días, hasta Samaipata y luego buscar un grupo allí. Todo esto explica que tan sólo haya tres albergues de mochileros en toda la ciudad: uno muy lejos del centro, otro, en el que estoy yo, que en realidad es una pensioncilla, y otro, muy bonito, cerca de la Plaza 24 de Septiembre de puro estilo colonial, que fue el primer hotel de la ciudad. Este es casi tres veces más caro que el que me aloja esta noche, pero me digo que quiero despedirme de Bolivia a lo grande, y decido trasladarme allí al día siguiente.

Llego justo después del desayuno, me instalo y exploro este acogedor lugar. Para mi alegría, me encuentro por primera vez en muchas semanas con un lavabo y ducha como yo los entiendo. La cisterna funciona, hay papel, hay pestillo, y está muy limpio. Gloria bendita después de tanto tiempo haciendo acrobacias en los diferentes servicios, en mejores o peores condiciones, que he usado últimamente.

Pero la mayor sorpresa me la da un hermoso y colorido tucán vivo, que merodea por el patio, y el que si se le acaricia el plumaje azul bajo el pico, se encarama en tu brazo. Me asusta un poco su enorme y sólido pico amarillo, pero un chico español que juega con él, me asegura que no es agresivo. Hago migas con Simón, el tucán, y posamos juntos ante la cámara para inmortalizar nuestra amistad.

En este albergue-oasis, me encuentro además con otro personaje interesante. Se trata de una chica argentina con la que comparto dormitorio, y que está pasando aquí unos días antes de encontrarse con su novio para ir juntos a Samaipata Es pintora, trabaja también con arte-terapia y eso nos da terreno común sobre el que hablar durante un buen rato. Tiene una aura muy femenino y tranquilo, esta chica, no habla demasiado, pero lo que dice es contundente, y mientras preparo la cena para las dos (soy una persona generosa, pero además tengo que gastar la comida que me queda), ella me compensa enseñándome los pases básicos del masaje Metamórfico (asociado a la reflexoterapia podal) en un plis. Charlamos y le pregunto si vive con su novio. Me dice que no, que le gusta despertarse sola, y que además, trabaja en su casa pintando, y necesita su espacio. Me lo dice sin triunfalismos de chica independiente, sino con la calma que la caracteriza. Me acuerdo de mi reciente experiencia en Sucre en el terreno amoroso, y del aprendizaje que supuso en cuanto a no perder el norte por nadie, y miro a esta chica tan Yin delante de mí, contándome lo mismo con una dulce sonrisa, como un ejemplo viviente que me manda el Universo para que vea lo que la teoría del libro puede ser en la práctica.

Ayer, cuando exploré la ciudad, descubrí que esta tiene una interesante oferta cultural. Fui a un par de exposiciones en el Centro de Cultura Contemporánea, y a otra en la calle,  fui al cine, y me invitaron a la presentación de un libro hoy, pero no podré ir porque a la misma hora, en el patio de un barecito hacen cine a la fresca. Mi amiga argentina se apunta y vamos las dos a ver la peli, se trata de “El niño del pijama de rayas”. Menos mal que me sabía el final, aunque no la había visto, porque es un considerable drama sobre el holocausto Nazi. Las películas sobre este tema siempre me han resultado particularmente dolorosas, hasta el punto de que tardé años en ver “La lista de Schlinder” después de su estreno, y no he querido ver nunca “La vida es bella”, aunque todos dicen que es muy buena. Pero hoy no tenemos alternativa y vemos esta adaptación al cine de la homónima novela. Salimos de allí con el pecho encogido, y sólo la bonita noche de Santa Cruz consigue cambiarnos un poco el humor antes de acostarnos. 

A la mañana siguiente, muy temprano, un barullo de gente nos despierta. Oigo a mi amiga abrir la puerta de la habitación, que da al patio, para pedir a los de afuera que se callen, pero no funciona. Así que, al cabo de unos minutos, me levanto yo, y les pido de nuevo a quién quiera que sea esta gente, que por favor bajen el tono de voz, que estamos durmiendo. Pero no tengo más suerte, y el jaleo continúa un buen rato. Es más, los oímos desayunar, aunque no es la hora todavía, hablar, reír, deambular arriba y abajo por el patio, hasta que bastante más tarde, se hace el silencio. Cuando nos levantamos nosotras, de mal humor, los trabajadores del albergue nos dicen que son un grupo de israelitas, que han llegado temprano.

Ya me he topado con varios grupos de israelitas a lo largo del viaje. Se distinguen fácilmente, ya que viajan en comitivas numerosas, son jóvenes, altos, delgados, modernos y muy guapos. Cuando los veo en las estaciones, sentados en grupo esperando el bus, me parece que estén posando para un anuncio de Tommy. Pero también les distingue su arrogancia, y una actitud de triunfadores diferente a la de los porteños (habitantes de Buenos Aires, que también tienen fama de guapos y de creídos), ya que estos últimos siempre tienen un punto simpático y guasón. Los he visto negociar abusivamente con los bolivianos (que son lo opuesto a ellos) y su actitud de comerse el mundo me asusta un poco, porque apuesto a que se creen capaces de hacerlo, literalmente.

A mí, que me interrumpan el sueño es algo que me molesta sobremanera, y la falta de respeto todavía más, así que siento de repente una intensa hostilidad hacia este nuevo grupo en el albergue, que se hace extensiva a todo el colectivo israelita en general. ¿Quién se piensan que son? Cuando,  en el desayuno, comentamos lo sucedido alguien sugiere que parece que se sientan inmunes a todo, ya que el mundo está en deuda con ellos por lo del Holocausto. Son las víctimas de la historia, el pueblo eternamente perseguido, y nadie puede decirles nada. Pero a mí me entran de repente unas ganas irresistibles de, ahora que están durmiendo, entrar sigilosamente en su habitación, esparcir polvos pica-pica en el aire, salir corriendo y dejarlos encerrados.

Y de repente me doy cuenta, horrorizada, de la Nazi que hay en mí. La imagen de encerrarlos en un cuarto regado de polvos pica-pica se solapa, en mi mente, con una de las últimas escenas de la película de anoche (que tanto me conmovió), en que un grupo de judíos es encerrado en un cuarto, y un oficial alemán, protegido con una máscara de gas, les echa unos siniestros y fatales polvos negros desde una ventana en el techo de la estancia.

Me acuerdo, entristecida, de la frase de Gandhi: “ojo por ojo, y el mundo acabará ciego”, y me digo que todos, no sólo ellos, debemos entender esto, y entenderlo con profundidad, si es que aspiramos a un mundo mejor. 

Desisto, pues, de mi plan terrorista de los polvos pica-pica, me despido de Simón, de mi dulce amiga argentina, de Santa Cruz y de Bolivia, y me dirijo a la estación donde me espera el tren que me llevará, finalmente, al verano.

viernes, 20 de enero de 2012

Sucre

Una vegetación más profusa, que rellena el paisaje que recorre el bus, me dice que hemos abandonado la cima del altiplano donde, por mucho tiempo, el árbol más alto que vi no sobrepasaba mi estatura, que no es mucha. El sol, alegre, ilumina el armonioso conjunto de casas blancas de estilo colonial que hacen de esta ciudad la más linda y limpia que he visto en Bolivia, además de calentar bastante más de lo que he experimentado hasta ahora en este país. Y cuando me apeo en la terminal y cargo la mochila, percibo que ya no me ahogo al caminar. Además, mis intestinos están tranquilos.

Todo ello me pone de muy buen humor, así que me engalano con mi vestido más colorido y salgo, contenta, a corretear por las calles de Sucre, como ratón que descubre, de pronto, un hermoso e inexplorado queso.

Después de varias vueltas, llego al mirador de La Recoleta en un alto, justo a tiempo de contemplar, con otros turistas, una espectacular puesta de sol. Estoy concentrada, apuntando con mi cámara este mágico momento, cuando una voz a mi lado me pregunta, en inglés, si soy de un país europeo. Alcanzo a disparar a mi presa, el ocaso, y a encerrarla en la jaula virtual de una tarjeta de memoria, y me giro a ver quién me habla, al tiempo que le digo que si, que de Barcelona. Es un chico boliviano, de gafitas, que sostiene en la mano un libro en lengua sajona repleto de anotaciones en bolígrafo. Me comenta que viene a La Recoleta a practicar inglés con los turistas, por lo que, aun siendo el español la lengua materna de ambos, seguimos hablando en el idioma de Micky Mouse, que nos une a todos.

Es agradable, reímos, y se ofrece a mostrarme la ciudad. Mi escaneo femenino, además, da resultados positivos y me digo que no estará mal tener un guía tan mono durante unos días. Así que al día siguiente por la tarde me regala una privilegiada ruta turística por las diferentes plazas, edificios históricos, parques y callejuelas de este maravilloso lugar, cuyas historias y leyendas, este chico se sabe de memoria, con todo lujo de detalles, ya que por lo visto ha estudiado turismo.

Resulta que, para mi sorpresa, Sucre es la capital de Bolivia, y no La Paz, aunque toda la actividad económica se desarrolle más en esta última. E, históricamente tiene sentido, por la proximidad de Sucre con Potosí, de donde se sacaba el dinero. Me entero que la ciudad tiene otros tres nombres (Chuquicasa, Charcas y La Plata), y que el actual se lo debe al Gral. Sucre, brazo derecho de Simón Bolivar, el libertador del eje andino. Me habla de los héroes de la revolución y de la independencia, cada uno de los cuales cuenta con su estatua en alguna plaza, e incluso de una memorable heroína, Juana Azurduy de Padilla, que lideró batallas, perdió a su esposo y a sus cuatro hijos en la guerra, y a quien el reconocimiento le llegó tarde, ya que murió en el olvido.


Me fascina la capacidad de este chico de recordar fechas, nombres y lugares, y sospecho que ha hecho este recorrido multitud de veces con multitud de turistas como yo. Se me antoja como un peculiar formato de gigoló culturizado, la antítesis del “latin lover”, y por ello más seductor. Pero lo que más me fascina es su capacidad de convencer, de la manera más sutil, a los militares que custodian la entrada de algunos edificios oficiales, para que nos dejen pasar a estancias donde no deberíamos estar. Lo hace sin esfuerzo, simplemente insistiendo de manera dulce, e ignorando el agrio “NO” con que de entrada nos reciben estos representantes de la ley, hasta que, sin saber cómo, nos encontramos dentro. Le pregunto si es un “Jedi”, pero creo que no entiende el chiste, y me digo que voy a tener que ir con mucho cuidado con este chico, porque tiene el poder de llegar donde quiere.

Tal y como nos vamos familiarizando el uno con el otro, me confiesa sus devaneos con las visitantes, y me lo cuenta en tal tono de complicidad que acabo pensando que me ha colocado en la categoría de “compinche-turista”, más que “turista-que-me-voy-a-llevar-a-la-cama”. Me resulta inusual y sincero, y pienso que al fin y al cabo no es sólo un gigoló culto. Pero mis ingenuas teorías sobre las castas intenciones de este chico se van al traste cuando, por la noche, delante de una cerveza, me pide un beso. Y así empieza nuestro pequeño idilio.

Al día siguiente yo ya he abandonado el albergue donde me hospedaba (y donde no había privacidad ninguna) y me he instalado en un bonito cuarto de hostal, que da a un patio tranquilo y soleado, donde inmediatamente me siento como en casa. Mi nuevo novio, que se conoce al dedillo todos los hostales, albergues, hoteles y alojamientos de turistas de esta ciudad, me comunica que en este no se aceptan invitados, él lo sabe bien. Sin embargo, cuando llegamos de tardecita a mi nueva morada (ya que hoy no hay planes turísticos, sino de otro tipo), consigue colarse dentro sin ser visto, usando una vez más sus poderes de Jedi. Mientras atravesamos los dos patios y subimos las escaleras hasta la balconada por donde se entra a mi cuarto, siento mi corazón latir fuerte, de nervios, y decido que si nos pillan diré que es mi profesor particular de Quechua. Pero no nos pillan, y cerramos la puerta de mi cuarto por dentro, para entregarnos con placer a las clases de este delicioso idioma nativo que se usa en Bolivia… y en el resto del mundo.

Y entro en una bohemia rutina que quisiera durase toda la vida. Por las mañanas me levanto sobre las nueve, me preparo un desayuno de yogur con avena y banana, y una taza de té verde (ya no podía más con el pan con mantequilla y mermelada de los albergues), y me siento en la balconada a escribir. A media mañana salgo a comprar en el colorido y aromático mercado, amalgamándome en el ir y venir de gentes, donde almuerzo, codo con codo, con los lugareños. Por la tarde visito las muchas atracciones turísticas de esta ciudad: museos, sedimento de huellas de dinosaurios, el Palacio de los Príncipes de Sucre, el increíble cementerio o el mercado campesino. Y por la noche me encuentro con mi novio. Si tuviese amigos y otro quehacer aparte de escribir, como un voluntariado por ejemplo, podría quedarme mucho tiempo aquí. Y me propongo que mi vida culmine, en algún momento, en una dinámica tan placentera como esta. 

Pero también sucede algo curioso en estos días de vida en el limbo. Un matrimonio de jóvenes amish, ataviados con sus tradicionales ropas sin cremalleras, se instala en una de las habitaciones de la planta baja. Mientras el hombre trastea en el cuarto, la mujer espera sentada en un banco en el patio, al lado de la cocina. Paso por delante y los saludo. Él responde, pero ella no, sino que me mira fijamente, con unos inquisitivos ojos azules que no me abandonan en todo el trayecto a través del patio, escaleras arriba y por el balcón, hasta que llego a mi cuarto. Yo pienso que ella es una reprimida y ella debe pensar que yo soy una fresca. Quizás ninguna de las dos tenga razón, pero su penetrante mirada me produce una sensación de miedo e incluso vergüenza, como si la voz de la consciencia me estuviese juzgando por estar haciendo algo malo.

Durante unos días vivo un noviazgo adolescente en toda regla, incluyendo los paseos cogidos de la mano, los besos en el banco de un parque, y la despedida nocturna en la puerta de mi hostal. Me parece hasta cómico, y si fuese un poco más cínica podría fácilmente convertir esto en una parodia del amor, ya que es obvio que no hay nada romántico entre nosotros. Quizás por ello, mi entusiasmo inicial dura poco y pronto empiezo a sentirme sola y a echar en falta amigos, a pesar de tener una "relación". Es extraño, me sentía menos sola cuando no tenía ni novio ni amigos. Pero la compañía de alguien que no te llena lo que se supone que te tiene que llenar, no es más que otra forma de soledad. Por su parte, creo que la rapidez de la conquista y mi pronta disposición a cambiarme de alojamiento para facilitar las cosas, le han bajado un poco el interés. Además de que, cuando me ofrece un masaje erótico-místico con música New Age boliviana (sí, existe), y estimulación de los sentidos con la exígua fragancia de una rosa y el cosquilleo de un pincel, lejos de excitarme, me da por reír, lo cual a él no le hace ninguna gracia. Así que al cabo de unos días siento el ambiente enrarecido y que ninguno de los dos tiene muchas ganas de llevar las cosas más allá. Además, las clases de quechua se han vuelto aburridas, sólo habla él. Me planteo decirle que sigamos como amigos o que lo dejemos estar, pero es viernes, hemos quedado esta noche para ir a bailar salsa, y no me lo quiero perder, al fin y al cabo, me voy en unos días. Más tarde, compruebo que él pensaba lo mismo que yo, pero que no le importa tanto perderse la noche de salsa, ya que no se presenta a la cita. 

Por mucho que mi corazón no se haya visto muy afectado por este desplante, mi ego femenino sí. Vuelvo a la habitación, indignadísima, a lamerme las heridas, que no son más que un recordatorio de heridas mucho más profundas, mientras me pregunto qué es lo que el Universo intenta enseñarme con esta experiencia. Este, al día siguiente, me responde con un libro del tipo “autoayuda” (literatura que consumí en dosis masivas en un momento de mi vida, pero que ahora creía superada), que a pesar de su dudoso aspecto, resulta ser una fuente de sabiduría e iluminación, en clave de humor, respecto al tema de las relaciones parejiles. Devoro este libro, que se convierte en mi Biblia para el resto del viaje, y en él encuentro respuestas a una gran pregunta en mi vida: ¿por qué soy incapaz de consolidar una relación de pareja?

El librito habla de la tendencia de muchas mujeres a entregarse demasiado pronto a una relación y de hacer de esta el eje de sus vidas. Habla de cómo perdemos el norte, abandonando amigos, hobbies, e incluso carreras, cuando nos enamoramos o simplemente cuando un hombre entra en nuestras vidas. De cómo pasamos de ser las amadas a ser las desesperadas amantes que acaban presenciando cómo el interés inicial del hombre se convierte en indiferencia. Y de cómo el error estriba en dejar de satisfacerse a una misma para empezar a satisfacer a otros. Me identifico plenamente con las situaciones que cómicamente va describiendo el libro y me acuerdo de la mujer amish, y de cómo me sentí juzgada ante una mujer cuya sumisión al hombre es total, pero a quien no abandonan un viernes por la noche, ya que se entregó a cambio de unas condiciones muy claras y de un compromiso muy firme por parte de él.

No es que quiera convertirme en amish, pero ya hace tiempo que llegué a la conclusión de que la liberación sexual femenina es un arma de doble filo, y que hemos pasado de la represión total a la total banalización del sexo, cuando para la mayoría de las mujeres, el sexo no es algo banal. Puede que no esté ligado siempre al amor, pero sí a la dignidad como mujer y al respeto por una misma, por lo que no debería canjearse por unas migajas de atención, como una moneda desvalorizada, sino disfrutarse entre dos (o tres, o más) cuando el otro lo valore y la ocasión lo merezca. De todo lo cual deduzco al fin que, para mejorar las relaciones de pareja, lo que más debe trabajarse una mujer es la autoestima. O sea que todo va a parar, al fin y al cabo, a la única y verdadera fuente de sanación que no es otra que el amor, empezando por el amor a uno mismo. Lo de ir cada semana a la peluquería o dominar el kama-sutra, es algo secundario.





















Decido quedarme en Sucre hasta el lunes, como tenía planeado, a pesar de todo, ya que el domingo hay una feria de artesanos en Tarabuco, a unos kilómetros de aquí, y quiero ir. Continúo disfrutando de mi rutina de artista pobre del siglo XIX en el cuartito del hostal, los días que me quedan, y decido que si me encuentro por la calle a mi “ex” haré ver que me alegro mucho de verle y le diré, con voz de pena y de culpa, que lo siento terriblemente, que me perdone, pero el viernes no pude ir a la cita porque me salió otro plan, y no tuve dónde avisarle. 


lunes, 16 de enero de 2012

Potosí


“¡Potosí, Potosíííí!” es el grito de guerra de los agentes turísticos para anunciar, a pleno pulmón, la salida de un bus hacia esa ciudad. Y lo mismo sucede con el nombre de cualquier otra ciudad hacia donde salga un bus, dándose como consecuencia un griterío tal en las terminales terrestres bolivianas, que más que estaciones parecen gallineros. Típico boliviano: ¿para qué complicarse con megafonías o paneles informativos cuando puede hacerse perfectamente a grito pelado? Carencias del desarrollo, supongo.

Después de un alto en Oruro para hacer noche (ciudad que si no fuese por su famoso Carnaval, no figuraría en el mapa), llego a la ciudad minera por excelencia, rogando que sea más bonita que esta última, y sin duda lo es, aunque también muy fría. Me alojo la primera noche en una baratísima pensión, de donde salgo despavorida al día siguiente después de haber dormido una tétrica noche en la cama más cutre e incómoda del mundo. No me encuentro bien y quiero un mínimo de confort, dentro de mis posibilidades, así que me mudo a un albergue de mochileros, que suelen tener buenas camas y baños decentes, incluso aquí en Bolivia. Además, cuando viajo sola y enfermo, prefiero compartir habitación con gente por si me pongo grave, que alguien se de cuenta y llame a un médico. Este albergue, además, está en un bonito y céntrico edificio colonial y tiene Internet gratis.

Hoy me he apuntado a una excursión a la mina de plata por la que es famosa Potosí. Tan sólo son unas horas por la mañana, por lo que no se me hará pesado si empiezo a sentirme mal, me digo. Nos han equipado a todos con un “kit” de minero que consta de casaca, pantalón, botas de agua, y casco con linterna. Por lo visto se pide a los visitantes llevar “regalos” para los mineros, que suelen ser coca, tabaco, alcohol o refrescos, pero nuestra guía nos aconseja comprarles bolsas de leche, que les ayuda a expulsar el polvo de los pulmones. Somos el grupo Quechua, uno de los idiomas nativos de la región andina, y nuestra guía es una boliviana madura y resuelta de apenas metro y medio, más bajita que yo, que nos asegura tener doce años de experiencia en las minas. Lleva además una ayudante, y las dos van ataviadas también de mineras. Cuanta parafernalia, me digo, y la verdad, no me había parado a pensar muy bien de qué va esta excursión, así que cuando empezamos a adentrarnos en el oscuro agujero que penetra la montaña y alguien dice “esto no es apto para claustrofóbicos”, me acuerdo de repente de mi aversión por los espacios cerrados y empiezo a preguntarme si ha sido una buena idea venir. Además, lo último que me imaginaba era encontrarme a los mineros trabajando en la misma parte de la mina que recorremos, sin vayas de separación ni áreas de seguridad ni nada.

Si en Bolivia, en general, cuesta respirar por causa de la altitud, aquí dentro todavía más porque no llega el aire del exterior, y este se introduce a través de unas tuberías que hay en el suelo. Los túneles son bastante estrechos y, en algunos tramos, hasta la guía tiene que agacharse. Caminamos encima de las vías por donde circulan, a cierta velocidad, las vagonetas que transportan la plata en bruto que los mineros escarban del interior del cerro, las cuales son empujadas por estos sin ningún tipo de tracción motorizada. Y cada vez que se acerca una de ellas, tenemos que saltar de prisa a un lado de la vía y arrambarnos contra la pared para no ser arrollados. Nos advierten sobretodo de quitar los pies de los raíles por obvios motivos. Una de las vagonetas nos alcanza en una curva, donde descarrila a apenas un metro de donde estoy yo, pegada de espaldas a la pared arañando deseperadamente la misma con las manos para sujetarme y no caer de bruces. Mientras los mineros levantan la vagoneta y la encarrilan de nuevo, yo me miro los pies para asegurarme de que todavía están enteros y en su lugar, y sigo caminando.

Mi ligera claustrofobia se manifiesta, y empiezo a acordarme de los mineros chilenos que quedaron atrapados tantos días el año pasado. Me doy cuenta de que me estoy angustiando en serio, e intento apartar estos pensamientos cenizos de mi mente y concentrarme en las explicaciones de la guía, la cual parece sentirse en este lugar como pez en el agua. 

La mina, nos cuenta, se descubrió alrededor del 1600 y, con la plata extraída desde entonces, se podría construir un puente desde Potosí hasta Madrid. Gracias a la riqueza generada, se creó la primera bolsa de valores de Inglaterra y se fundaron diversas fortunas europeas. Típico, el país más pobre de Latinoamérica responsable de la abundancia de los países más ricos, y estos aún reclaman deuda externa. Realmente cabe preguntarse quién le debe a quién. No me extraña que hayan declarado a la ciudad Patrimonio de la Humanidad, a pesar de estar bastante ruinosa, ya que el patrimonio de Potosí no pertenece a Potosí, sino a otros sectores de la Humanidad.

Hoy día, a la mina le quedan apenas cien años de explotación, según los cálculos, y no genera tantos beneficios como para que le sea rentable al gobierno invertir en ella. Por eso, las condiciones en las que trabajan los mineros, más que precarias son infrahumanas. Vemos a hombres muy jóvenes (ya que la esperanza de vida de un minero es corta) empujando a peso las pesadísimas vagonetas, y picar la pared a mano, con un mazo. Vemos a niños sorteando las piedras metidos en un agujero oscuro, y todos ellos respirando un aire denso con olor a metal, y tan lleno de polvo que este sale hasta en la foto. Y los vemos extraer piedras impregnadas de plata de las entrañas de la Pacha Mama, la cual ha sido fértil y generosa durante siglos, y ahora que está casi agotada sigue soportando que hurguen en su intimidad, sin ser mimada, como a una puta vieja. 

Percibo que muchos de los mineros tienen los labios negros, me acuerdo de “El nombre de la Rosa” (en que se envenenaban con cianuro y se les ponía la lengua negra) y me digo que espero que sea sólo por masticar tanta coca, cosa que hacen para aguantar este trabajo de esclavo en estas condiciones, y para no perder la noción del tiempo, ya que por lo visto la hoja cambia de sabor en la boca cada tres horas. Yo no he mascado mucha coca aquí en el altiplano, aunque es muy popular entre los viajeros el hacerlo (una turistada más, supongo), porque no me gusta el sabor, es muy amarga, además de que no me deja dormir. Pero alguien me ofrece un puñado de hojas y lo acepto, a ver si se me va un poco el agobio y puedo respirar mejor.

No soy la única que no se divierte, otras dos personas en el grupo manifiestan sus ganas de salir de aquí, pero la guía hace caso omiso a los comentarios y continúa brincando feliz, delante nuestro, por los túneles que parecen alejarse cada vez más de la entrada. Debe estar pensando “¿no queríais conocer una mina, gringos estúpidos? ¡Pues toma mina!”. Incluso se sienta un rato, que se me hace largísimo, a conversar con un minero que se está tomando un descanso, y que debe estar mentando a todos nuestros difuntos, ya que le estamos robando el poco oxígeno disponible en su pedazo de madriguera.

Yo ya no presto mucha atención a lo se que habla, ya que lo que estoy viendo me vale más que mil palabras, y reflexiono acerca de mi desagrado por los lugares cerrados y por las encerronas en general, aunque no sean físicas. Supongo que mi afición al escapismo es consecuencia de esto y, de nuevo, estoy atrapada y tengo que mamarme esta experiencia hasta el final, porque si intento encontrar la salida yo sola, lo más probable es que la mina me engulla para siempre. Estar metida en el vientre de la Pacha Mama y no sentirme nada a gusto me hace pensar también en mis días de vida intrauterina en que, por lo visto, se me enroscó el cordón umbilical al cuello, cual serpiente asesina (de ahí también, probablemente, mi visceral fobia hacia estos reptiles), provocándome sin duda cierta sensación de asfixia. Todo tiene mucho sentido, pero me digo que si este viaje a Latinoamérica está siendo un viaje interior, esto es lo más interior que quiero llegar, pues ultrapasar mis memorias pre-natales ya sería entrar en el terreno del más allá, y ese es un territorio que se me sale del mapa.

A pesar de que ya le hemos dicho de frente y mirándola a los ojos, que queremos salir de aquí, nuestra pequeña e intrépida guía todavía tiene algo que mostrarnos, de hecho, el plato fuerte: “el Tío”.  Mi curiosidad es generalmente poderosa, pero la exasperación y la asfixia están pudiendo más, por lo que creo que podría seguir viviendo el resto de mi vida en paz sin conocer al Tío. Pero la determinación de esta mujer es más poderosa que cualquier cosa y nada ni nadie en este mundo podrá impedir que cumpla su cometido. No nos va a dejar salir de aquí sin visitar al tal Tío, aunque lloremos. 

Para ello, nos conduce por un agujero a través del cual hay que pasar con la barriga pegada al suelo, y ahí ya rayo el límite soportable de mi angustia. He tenido pesadillas recurrentes en mi vida en que me encontraba justamente en esta situación, atravesando un estrecho agujero en una gruta o túnel, en el que a veces me quedaba encallada, despertándome de un sobresalto y con el corazón a mil. Sólo que ahora no creo que me vaya a despertar, y si lo hago será para encontrarme con mis ancestros, en un lugar donde ya no existe el sufrimiento y donde todos visten de blanco. Este es uno de esos momentos en que con gusto haría chocar tres veces mis chapines de rubíes y me plantaría en Kansas, quiero decir, en casa, si tan sólo supiese dónde ubicar esta. 

Pero llevo botas de agua, no chapines, así que atravieso los escasos tres metros de agujero, que me parecen tres kilómetros, arrastrándome como una lombriz e intentando no ponerme histérica. Y un poco más allá, la guía nos hace, orgullosa, los honores de presentarnos al famoso Tío. Este resulta ser una gran figura de barro, con un insolente y enorme pene erecto, representando nada más y nada menos que a Su Majestad el Diablo.


Y la verdad es que no me extraña encontrármelo aquí, ya que el infierno no debe estar muy lejos. El Tío está cubierto de cintas de colores, hojas de coca, cigarrillos, y a sus pies yacen fetos de llama disecados, todo ello ofrendas de los mineros para asegurarse los favores del Señor de la Tinieblas y de las minas. Nos sentamos en corro alrededor de nuestro nuevo amigo, y la guía con su entusiasmo característico, nos cuenta largo y tendido de qué va esto. Al parecer, con el fin de tener a los esclavos controlados en la mina sin tener que entrar en ella, un clérigo español al servicio de los conquistadores, tuvo la beata idea de usar el poder de la superstición y plantarles este intimidante centinela. Supongo que una imagen de la Virgen no hubiese surtido el mismo efecto. Una pequeña mitología se desarrolló alrededor de esta figura y empezaron las ofrendas. Y aseguran que todos los martes y viernes el Demonio sale a correr por la mina a fornicar con la Tierra para preñarla y que esta siga dando plata. Sólo que a esta mina ya se le pasó la edad de merecer.

La guía, que se resiste a que esta excursión llegue a su fin, todavía se entretiene un rato más a explicar toda la historia de nuevo en su inglés roto, a una pareja de israelitas que no hablan español. Yo, a estas alturas, ya he empezado mis negociaciones con el Maligno, ya que lo tengo aquí, para canjear mi alma a cambio de que me deje salir de este agujero de una maldita vez. Pero de repente la guía se levanta y nos ponemos en marcha hacia la salida, justo a tiempo de evitar mi condena eterna.

No existen palabras para describir la sensación de alivio cuando, por fin, veo la luz del sol al final del túnel, y nos apresuramos hacia ella no sea que en el último momento el techo de la mina se derrumbe sobre nuestras cabezas. Atravieso el cuello uterino de la Madre Tierra hacia el exterior y, respirando una gran bocanada de aire fresco, siento verdaderamente que he vuelto a nacer. Si alguien me diese ahora mismo unos ligeros cachetes en el culo, estoy segura que lloraría como un bebé.

Por la tarde, los escalofríos que han estado recorriendo mi cuerpo estos últimos días se intensifican, siento que me sube violentamente la fiebre, y me meto en la cama cubierta con toda la ropa de abrigo que tengo, a esperar que el Demonio abandone mi cuerpo, porque al fin y al cabo, no acabé de cerrar el trato con él. 

Duermo unas doce horas y cuando despierto ya me siento mucho mejor, pero me digo que ya he tenido suficiente altiplano, frío y asfixia, y que es hora de emprender el camino de regreso hacia tierras más cálidas y más próximas al nivel del mar. Ay, el mar, cuánto lo echo de menos.

viernes, 13 de enero de 2012

La Paz


Hay veces en que los trayectos más cortos son los más complicados. Sólo cuatro horas separan Copacabana, en la otra orilla del Titicaca, de La Paz, pero son cuatro horas muy moviditas. Para empezar, conseguir un lugar en las pocas barcas que salen por la mañana de la Isla del Sol (y la única otra opción es a las tres de la tarde), es todo un reto ya que, por lo visto, han vendido más tiques que espacios hay en las barcas, y aquí no importa quién ha llegado antes, sino quién corre más. Por suerte me hago con un lugar en una de las barcas, casi a empujones, y consigo pasaje de Copacabana a La Paz. Sólo que, a medio camino nos hacen bajar del bus porque hay que atravesar un estrecho del lago, y para eso tenemos que comprar otro tiquete (de lo cual, por supuesto, no nos habían informado) para subir a otro barquito que nos lleve a la otra orilla. Nuestro bus hace lo mismo transportado por una balsa. No sabemos bien dónde hay que esperarlo para montarnos de nuevo en él, ya que no ha desembarcado donde nosotros, y nos seguimos unos a otros esperando verlo aparecer. Finalmente asoma por una calle y, una vez en él de nuevo, recorremos el hermoso paisaje montañoso del altiplano hasta La Paz. Pero antes de llegar, un desfile folclórico detiene el bus durante un rato en “El Alto”, ciudad periférica en la cima del valle donde se encuentra la capital, a la cual llegamos, por fin, de tardecita.

Nunca he sido muy fan de las ciudades latinoamericanas (hasta que conocí Cusco, claro), pero La Paz me viene de paso y siento que es parada obligatoria. Así que le dedico tres noches en un albergue muy céntrico donde me ponen una pulserita identificativa la cual me da derecho a una cerveza gratis cada noche de mi estancia, en el bar del albergue. Así que, después de cenar, subo los cuatro pisos que llevan hasta el bar (despacito, ya que La Paz está muy alto y sigo asfixiándome a cada dos pasos) y reclamo, alzando mi muñeca al chico de la barra, mi cerveza. Mirando a mi alrededor percibo que, tanto los camareros como los clientes de este lugar no son de orígen latino, y oigo hablar predominantemente inglés. Incluso el Quizz que llevan a cabo un poco más tarde, se realiza en este idioma. No he hablado mucho inglés en este viaje, así que no me importa practicar un poco, y lo hago con un chico que está solo parado en la barra, como yo.

La conversación gira alrededor de lo de siempre entre viajeros: ¿de dónde eres?, ¿cuánto tiempo llevas viajando? ¿de dónde vienes? y ¿hacia dónde vas?. Lo de ¿a qué te dedicas? Viene más tarde, cuando ya hay un poco de confianza. Me recuerda a cuando recorrí el Camino de Santiago, en que la pregunta no era “Hola, ¿qué tal?” sino “Hola, ¿qué tal tus pies?” Y acababas sabiendo mucho de los pies de la gente y poco de sus vidas. La verdad es que, después de un tiempo, este tipo de charla inicial se vuelve monótona y predecible, ya que estoy, por lo visto, en una ruta comúnmente transitada, y todo el munco ha ido o va a ir a Uyuni, la Isla del Sol y a Cusco. Todos tenemos fotos en el Facebook saltando en el salar y con el Machupichu de fondo (como he comprobado muchas veces espiando al de al lado en el ciber). Sólo que estos días la mayoría parece ir de subida, hacia Perú, y yo voy de bajada, hacia la frontera con Brasil, en el sureste de Bolivia.

Pero con la ayuda de unas cervezas es fácil hablar de cualquier cosa y me quedo charlando con mi reciente amigo holandés, hasta que siento que si bebo más no voy a saber encontrar mi habitación, así que me retiro prudentemente.

Recorro La Paz a mi aire, empezando por el centro histórico, donde hay más ambiente y abundantes tiendas de artesanía, y donde encuentro, en la plaza de San Francisco, una protesta de discapacitados físicos. Alguien me había comentado algo al respecto pero Celia, representante del movimiento, me lo explica mejor cuando me acerco a firmar por su causa. En Bolivia la sanidad es privada, por lo que es fácil imaginar que no hay cobertura pública ninguna para el colectivo de discapacitados, los cuales cuentas sólo con sus propios recursos (quien los tiene) para sobrevivir. El gobierno, a pesar de ser populista, les dice que no son representativos de la sociedad como para dirigir fondos públicos hacia ellos, aunque las estadísticas dicen que son más de un 10% de la población. Así que llevan unos años sacando sus sillas de ruedas a la acalle, y haciendo ruido para que los escuchen. Pero por lo visto Evo tiene otras prioridades en su agenda, y el resto del mundo apenas sabe que existe Bolivia. Triste historia, pero toda una inspiración el coraje y la persistencia de esta gente que no se conforma y no se rinde. Particularmente en el caso de Celia, licenciada en psicología pero sin posibilidades de ejercer en su país por causa de su discapacidad, y que se resiste a irse a vivir a España con su hermana, donde la Seguridad Social le daría más cobertura, y donde podría tener una vida más normalizada. En lugar de eso, prefiere quedarse aquí a intentar construir una Bolivia mejor. Me da mucho que pensar.

Más tarde, los pies me llevan a una pequeña galería de arte en la que se exhiben unos preciosos cuadros de estilo contemporáneo y motivos bolivianos. Me cautivan las formas y los colores, así como las texturas, pero sobretodo unas bellas representaciones de “cholitas” al desnudo. Me parece de lo más atrevido ya que las mujeres bolivianas destacan por su recato. Felicito al pintor, sentado detrás de un escritorio y que parece ser de mi quinta, por su trabajo y entablamos conversación. Me pregunta por la crisis en Europa, y le digo que nos la hemos ganado por ingenuos, le expreso mi admiración por la belleza de Bolivia y le confieso mi previa ignorancia respecto a este país, y me comenta que el boliviano vive “de espaldas a sí mismo”. Y, realmente, este es un país que no se exhibe al mundo, quizás por que está todavía con el culo al aire, y su colorido folclore no consigue ocultarlo, a diferencia de lo que acontece con otros países de esta franja como Perú.

En mitad de la charla entra en la tienda una pareja que saluda familiarmente al pintor y le entregan una invitación para la inauguración de una exposición de acuarelas esta noche. El pintor les pide otra invitación para mí e insiste en vernos más tarde en la exposición. Me comenta también que tiene un amigo viejito con quien va a tomar vino y a charlar a unos barecitos en no se qué interesante parte de la ciudad, y le encantaría que yo los acompañase. Salgo de allí encantadísima, mi imaginación se dispara y de repente me siento musa de un pintor. Pero mi ingenua fantasía se convierte rápidamente en humo cuando por la noche voy a la exposición y el pintor no se presenta. Me río un poco de mi misma, agarro el vaso de vino que alguien me ofrece y me dispongo a examinar las acuarelas.

Un señor de pelo cano y mirada afectada por el vino me ofrece una visita guiada a la exposición. También es acuarelista y amigo del difunto autor de las obras que observamos. Cuadro tras cuadro me habla de “trazos espontáneos” en los “paisajes paceños” que muestran las acuarelas. A mí me fascina la precisión de las pincelada, que me sugieren una disciplinada técnica en un tipo de pintura como esta, que no admite fallos. Entre obra y obra, mi improvisado guía me va interrogando juguetonamente, hasta que me sugiere sacarme de paseo mañana o, mejor aún, ir a tomar algo esta noche. Me apresuro a decirle que me voy al día siguiente y que estoy agotada de caminar todo el día, pero este gato viejo no se da por vencido fácilmente, y se me arramba mientras me retrato con toda la élite de pintores que ha quedado al final de la exposición y que mi mentor me presenta. Si mi cultura pictórica fuese más extensa, seguramente me sentiría como el protagonista de “Midnight in Paris”, en medio de tanto artista célebre. Hay uno que incluso me recuerda a Picasso, o será el vino este que me han dado, que no es muy bueno. Pero no sé quién es nadie, por lo que no me abruma que estas celebridades bolivianas se interesen por mí y me traten, por un ratito, como una invitada de honor. Bueno, tengo que decir que ser de Barcelona es una muy buena carta de presentación ante cualquier público, ya que mi ciudad hoy en día parece ser la niña bonita de Europa, además de contar con un equipo de fútbol con seguidores en todo el mundo, pero particularmente ante un artista, siendo una ciudad tradicionalmente vanguardista en lo que se refiere al arte.

Al día siguiente no voy de paseo con el señor canoso, sino que visito  el Valle de la Luna, una peculiar formación rocosa a las afueras de la ciudad, que me da la impresión de estar en un hormiguero. Por la tarde callejeo el barrio de Sopocachi, donde se desarrolla, por lo visto, la vida nocturna de La Paz. Pero no llego a conocer esta, ya que la única vida nocturna que hago en esta ciudad es en el bar del albergue, donde si voy en la “happy hour” no me dan sólo una cerveza gratis mostrando mi pulserita, sino dos. 

Para la última noche me he apuntado a la cena del albergue, ya que tienen menú vegetariano, y comparto la mesa con mi amigo el holandés y con un amigo suyo de Alabama, con quien hago migas rápidamente. Ambos son también vegetarianos, como lo era la chica irlandesa con la que cené la primera noche aquí en La Paz ¿será coincidencia? Les hago a todos la misma pregunta: “¿cómo lo hacen en Latinoamérica, donde la carne está tan presente en todas partes?” Simplemente, no comen carne ni pescado porque son vegetarianos. Esto me hace reflexionar acerca de mi compromiso con el vegetarianismo, el cual he traicionado comiendo pescado (pero no carne, desde hace unos trece años), cuando las opciones han sido exiguas. Y como en los últimos dos años he viajado bastante, sobretodo en España, donde no comer jamón parece ser una ofensa nacional, ha habido muchas ocasiones en que he optado por algo de pescado. Aunque cuando lo he podido evitar, como cuando he viajado por Asia, paraíso de los vegetarianos, lo he evitado. Rememoro la época en que fui casi vegana, unos años atrás, en que registré los más elevados niveles de energía de mi historia personal y me digo que este es un compromiso que quiero mantener, por una cuestión de convicción así como de salud, y porque es una pieza más del puzzle que estoy intentando recomponer.

El chico de Alabama me cuenta que tiene un negocio en su ciudad, un B&B, del que se hace cargo una agencia, y él sólo se ocupa de recibir una renta mensual que le permite viajar todo el tiempo. Durante unos años trabajó en ello como una hormiga, pero a sus cuarenta y nueve le llegó el momento de ser cigarra, y dejar que el negocio lo gestionen otros, para él dedicarse a viajar. Esto lo convierte rápidamente en mi héroe personal, ya que esto es, definitivamente, a lo que yo quiero llegar.

Pero los héroes tienen también debilidades humanas y este se interesa por la localización de mis tatuajes. Se los mostraría pero estamos en un albergue, y tengo diarrea, y me voy mañana, así que le digo que mejor en otra ocasión, ya que los viajeros siempre acabamos encontrándonos de nuevo en otro lugar.

lunes, 9 de enero de 2012

La Isla del Sol


Cuando, de buena mañana, hago el cambio de autobús en Puno, todavía en Perú, y veo por primera vez el lago Titicaca, me doy cuenta de lo mucho que estoy echando de menos el mar. A casi 4000 metros de altitud, la visión de esta gigantesca masa de agua dulce que Perú y Bolivia comparten, me parece una bella postal marina, que me da, por algún motivo, un gran consuelo.

Después de una polémica entrada en Bolivia, en que el autobús entero se amotinó contra los responsables de la agencia de viajes porque pretendían dejar a tres brasileños en la frontera, llegamos a Copacabana, a orillas bolivianas del Titicaca, desde donde salen los pequeños barcos hacia la Isla del Sol. Me subo en la parte de arriba de uno de ellos y, durante el trayecto, un americano más que entrado en años me cuenta que viene de Cusco donde se quedó a vivir hace un tiempo, después de unas vacaciones. No es el primero que me cuenta una historia así, y no me extraña, Cusco es un pequeño limbo donde es fácil quedar atrapado en un ensueño entre lo Inca y lo occidental. Yo misma casi adormezco en él, me salvó el frío.

Tenía tantas ganas de viajar en la parte descubierta de un barquito como este, que a pesar de que ya no me quedan biodraminas mágicas y voy con una bolsa de plástico en la mano por si acaso, no me mareo y disfruto de las maravillosas vistas iluminadas por un sol radiante, mientras el americano me cuenta su vida.

Del pequeño embarcadero de la zona sur de la isla parten unas empinadas escaleras de piedra flanqueadas por dos altas estatuas de un hombre y una mujer incas, que llevan a la cima, donde se encuentran los albergues y posadas.

Cuando empiezo a subirlas, cargada con todo mi equipaje, unos niños se ofrecen a llevarme la mochila, a cambio de una propinilla. No quiero incurrir en la explotación infantil, así que declino la oferta. Pero unos 15 escalones más arriba estoy echando el corazón por la boca, me acuerdo de que la altitud afecta terriblemente mi capacidad pulmonar, así que, dándome toda clase de excusas, decido incurrir en la explotación infantil con el siguiente niño que me sale al paso. Aunque tengo la decencia, al menos, de no regatearle el precio. Tiene once años, es diminuto, la mochila abulta casi más que él, y me siento un poco culpable, por lo que le voy preguntando a cada poco si está bien. Pero él parece no cansarse ni una pizca mientras yo, que cargo sólo una bolsa, no puedo con mi alma y el niño tiene que andar esperándome. Son otra raza esta gente del altiplano.

El albergue está casi en lo alto de la colina, y mi habitación, que no comparto con nadie, tiene unas fabulosas vistas al lago y a la Isla de la Luna, que está a unos kilómetros frente a la Isla del Sol. Según la mitología inca, aquí empezó todo, cuando el Sol y la Luna se encontraron. Sobra decir que el Sol representa lo masculino y la Luna lo femenino.

Una vez recupero el aliento, y siguiendo las indicaciones de la señora boliviana que trastea por el albergue, salgo a explorar la isla. Visito el Templo del Sol, tras media hora de sendero, y regreso a tiempo de acabar de subir la colina, con gran esfuerzo de mis pulmones aunque no voy cargada, e ir a ver la puesta de sol desde el lado oeste de la cima. Lo hago en la terraza de un barecito, acompañada de una cerveza, y añorando mucho la presencia de Natalia, que hubiese alucinado tanto como yo con este espectacular ocaso. El efecto de la cerveza, que a esta altitud sube más, como cuando vas en avión, hace que me ponga un poco sensiblera, así que me sacudo la tristeza y entro a cenar en el bar.

Allí conozco a Rachel, una chica suiza que también viaja sola y que, como yo, trabajó en un crucero, lo cual nos da tema de conversación para toda la cena y un rato más. Rachel llegó hoy y se va mañana, como mucha gente que visita la isla, incluso algunos vienen sólo a pasar el día. Yo he reservado tres noches en el albergue, ya que necesito un poco de calma después de Cusco. Y además, tengo la regla y no quiero mucho trote estos días.

A propósito de mi menstruación, esta está siendo más profusa de lo habitual, lo cual podría explicarse quizás por el hecho de que al estar a más altitud, mi cuerpo ha generado más glóbulos rojos para optimizar el transporte de oxígeno. Pero yo creo que es una cuestión totalmente energética, puesto que se da una peculiar sincronicidad este mes: es casi luna llena, tengo frente a mi ventana la Isla de la Luna, y estoy en la Isla del Sol, que por lo visto es el segundo chacra de la Tierra (aquel que regula las menstruaciones, la creatividad y el relacionamiento de pareja). Necesariamente tanta coincidencia tiene que significar algo y haber afectado mi ciclo menstrual. Como además mañana es Viernes, día de Venus, decido que realizaré un pequeño ritual privado, ya que dispongo de privacidad en la habitación.

A la mañana siguiente me despierto con las luces del amanecer, espectáculo al que asisto, envuelta en una manta, a través de mis privilegiadas ventanas, y vuelvo de nuevo a la cama a esperar a que pongan los caminos en la isla, ya que hoy me dispongo a recorrer el sendero que lleva de la parte sur, donde estoy, a la zona norte, por la cima de la colina, para regresar por la tarde por un sendero que bordea el mar. Unas siete horas de caminata en total, me apetece. 

Salgo casi a las diez, es un día radiante de nuevo, y tal y como voy caminando, voy sintiendo como me invade la euforia. Ciertamente necesitaba ver agua en grandes cantidades, y necesitaba una caminata larga y tranquila a solas. El sol, que brilla sin interferencias de ninguna nube, también ayuda, y puedo notar, en un día como hoy en que estoy más sensible, la energía de la Pacha Mama, o Madre Tierra, bajo mis pies. Tierra, fuego y agua, que es lo que al fin y al cabo representan los tres elementos de la transformación alquímica, la sal, el azufre y el mercurio respectivamente. Intento, conscientemente absorber esta energía, y colmarme de ella hasta rebosar.

El paseo también invita a la reflexión, y pongo en orden mis ideas, un poco desbaratadas estos últimos días con tantas emociones en Cusco y el Machupichu. Llego al otro extremo de la isla, donde a través de unas ruinas voy a parar a una playa arenosa. Hace frío y no da para bañarme, pero sí para mojarme los pies en este elemento, el agua, que definitivamente quiero tener en mi vida. La playa está desierta excepto por una pareja que parece haber pasado la noche allí, acampados. Puedo imaginar lo romántico que debe ser, sobretodo porque, con el frío que hace aquí por la noche, no queda otra que dormir abrazadísimos.

Delante de la Roca Sagrada, al volver de la playa, me topo con un Chamán que por el módico precio de 10 bolivianos (1,20€ aproximadamente) te da una bendición personalizada. Que me llamen supersticiosa, pero esto no me lo pierdo. Así que, sentada en una silla de piedra recibo la bendición del chamán, el cual recita sus rezos entre los que se intercala mi nombre, “España” y “2012”, mientras con una flor mojada con agua del Titicaca, golpea suavemente mi cabeza. Luego sujeta mis manos y me desea buena suerte. Lugar místico donde los haya, esta Isla del Sol.

Doy cuenta de un bocadillo de huevo y unas patatas fritas en el pequeño centro “urbano” sin asfaltar de la zona norte, en cuyas playas, acampados, se concentra una muchachada predominantemente argentina, y donde probablemente se llevó a cabo la “rave” de fin de año, a la que vinieron nuestros amigos de Uyuni. Seguro que fue un fiestón, pero la verdad, profanar este lugar convirtiéndolo en una discoteca me parece sacrílego. Para eso está Cusco.

Tardo menos de lo previsto en hacer el camino de regreso, a lo largo del sendero que bordea la costa este de la isla, sobretodo porque un inesperado y violento retortijón me hace recorrer los últimos kilómetros en un tiempo record hasta llegar al baño del albergue justo a tiempo de evitar una bochornosa catástrofe. Y así comienza un desarreglo intestinal que me va a durar unos días.

Cae la noche, una luna rebosante ilumina el lago por encima de la isla que lleva su nombre, y yo preparo un pequeño altar para mi ritual con una imagen de Venus que siempre me acompaña (junto con la de Lakshmi y la de Hygeia), un pedazo de sal de Uyuni, una piedra verde que he recogido hoy en el camino, una figura representando al amor, que compré en el salar, y una vela. Y en mi cuello pende un colgante representando a la Pacha Mama que me regaló Natalia. Me encomiendo a Venus, a la Madre Tierra, a la Isla de la Luna y a la Isla del Sol, segundo chacra de este planeta, a la Luna misma y a toda la energía del Universo. Y esta misma noche, sueño que tengo un bebé.

viernes, 6 de enero de 2012

Cusco de nuevo


La furgo que nos trae del Machupichu nos deja en el centro de Cusco, ya de noche, y tal y como llegamos al albergue, me derrumbo en la cama y me olvido del mundo hasta el día siguiente.

Natalia se marcha pasado mañana, y pasamos estos últimos días vagando por Cusco con los ánimos un poco bajos, al menos yo. He abandonado el plan de volver a Buenos Aires este mes i pico que me queda ya que tendría que tirar de aviones y no me cuadran los números, así que he decidido volver a Bolivia, que me pareció fascinante y además es barato, y de allí cruzar por tierra Brasil hasta Salvador, de donde sale mi avión a Barcelona. Como tengo tiempo, también estoy considerando parar unas semanas en algún lugar a hacer un voluntariado, quizás Bolivia, tal vez Brasil, Natalia tiene el contacto de una organización donde puede que me acojan. No sería una mala opción. También contemplo la posibilidad de quedarme en Cusco, ya que aquí hay varias organizaciones de voluntariado, y además muchos centros de masaje. Pero hace mucho frío aquí, y yo metí en la maleta tres bikinis y muy poca ropa de abrigo. Para frío ya tendré el de Barcelona cuando llegue en Febrero.

Pero hoy no voy a decidir nada, sino acabar de consumir estas vacaciones con mi amiga, que llegan ya a su fin. Salimos una vez más de fiesta al Ukuku’s, y a pesar de ser un lunes, y día 2 de enero, hay otra vez un grupo tocando en el escenario. Como siempre, nos hacemos las fotos de rigor con el cantante, e incluso bailamos un rato con él. Esperaba encontrarme con mi pareja de baile de las otras noches, ya que recibí un afectuoso mail suyo al cual respondí diciéndole que iba a estar aquí esta noche. Pero no aparece no da señales de vida. Lástima, me hubiese venido bien su compañía cuando Natalia se vaya.

El día 3, temprano por la mañana, miro con tristeza el taxi que se aleja llevándose a Natalia. Anoche hicimos un pequeño ritual de despedida aunque, como dijo Gandhi a un amigo suyo (al menos en la peli), entre según que amigos no hay despedidas. Vuelvo al albergue y me refugio de este día gris durante un rato en la cama. Más tarde salgo a caminar, pero tengo la sensación como de andar coja. Me siento como, salvando las diferencias, cuando he tenido pareja, en que el eje de mi vida ya no estaba en mi misma sino entre yo y otra persona (cuando no, en el peor de los casos, en el otro). En el momento en que se acaba la relación, al quedarme sin el otro, mi eje ha tenido que reubicarse en mi propio centro, y eso toma un tiempo. En este caso, me había acomodado al binomio que formábamos Natalia y yo en esta aventura, y ahora tengo que retomar mi autonomía, lo cual me produce una gran pereza y astío. Y tristeza. Viajar sola tiene la ventaja de que necesariamente te abres a otras personas y socializas con más gente. Pero sólo superficialmente, la mayoría de veces. Viajar con una amiga o amigo permite profundizar en la relación y ponerla a prueba. Y hacer cosas como filmar “El coma de Pascualito”, que con nuevos amigos no se suelen hacer.

He decidido quedarme un día más en Cusco porque no tengo cuerpo para viajar hoy, así que voy a comer al mercado, visito la estatua del indio Pachakuteq (un héroe inca del 1600), me informo sobre los horarios de autobuses y voy a ver si encuentro a Mozart, el cachorro que me besuqueó el otro día, para que me consuele. Pero no está, y sigo vagando por la ciudad, desconsolada.

Tan obvio será mi desconsuelo que me caza por la calle el último día un chico peruano. Lleva con él un digeridoo de peculiar silueta curvada, y me cuenta que es músico de la calle y que también toca la guitarra pero se la ha confiscado la policía. No sé exactamente qué es lo que quiere de mí pero acepto cuando me propone vernos esta tarde para una cerveza. De todos modos, tomo mis precauciones y dejo el pasaporte y el dinero bajo llave en el albergue. Cuando nos encontramos más tarde, viene con un amigo que tiene aspecto de no tener un lugar donde ducharse y que ha perdido, por lo visto, sus zapatos, pero decido no tener prejuicios y me voy con ellos. Me llevan por unas calles que conozco, por detrás de la catedral, pero por lo visto no vamos a un bar, sino a su albergue. No sé hasta dónde pretende llegar este chico, pero yo tengo muy claros mis límites, al menos con él. Sin embargo, algo me dice que puedo estar tranquila, y cuando sugiere comprar una cerveza, pero una vez en la tienda, no hace amago de pagarla, veo clara la jugada: cazar a una gringa solitaria que le pague las birras. Aquí se confirma el tópico de que los lugareños de países como Perú no distinguen entre “turista” y “viajero” y que nos ven a todos como a un billete de dólar con patas. Muy bien, me digo, voy a comprar una cerveza, pero no más.

Su albergue huele a perro sucio mojado, y para traer invitados los huéspedes deben abonar un Sol que mi nuevo amigo, muy galantemente, se apresura a pagar. Subimos a la terraza donde al menos corre el aire, y cuando sus compañeros le ven llegar conmigo y con una litrona, se unen a la fiesta. De repente, me veo en esta terraza con vistas a Cusco, bebiendo a morro de una botella que comparto con cuatro tipos que no conozco de nada. Dos de ellos estás de vacaciones, los otros dos son “buscavidas” que hacen aquí la temporada, todos peruanos y con aspecto de vivir en el lado arriesgado de la vida. Pero es divertido, sobretodo cuando empiezan a circular los porros (de los cuales me abstengo desde hace años) y empieza a fluir la risa. Vuelvo por un rato a mi adolescencia, en que indulgía en este tipo de actividades con este tipo de personajes, sólo que ahora estamos ya todos creciditos. Se acaba la cerveza y hacen colecta para otra. Mi amigo me pide dinero y le digo que no, que ya compré la primera. Insiste diciéndome que él es pobre, y le digo que yo también. Al final se conforma con que le acompañe a la tienda. Cuando se acaba esta segunda botella decido que es hora de irse, dejo a los chicos con sus cervezas y sus porros, y me voy al albergue a prepararme para el viaje.

El Tarot de Osho, que últimamente está hablando muy claro, me dice que ahora toca un tiempo de silencio e interiorización, representado por la carta de la Luna, que dará paso a un momento más sensual. Creo que la Isla del Sol va a ser un buen lugar para ese silencio.