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sábado, 5 de mayo de 2012

Regreso












Un ferry me lleva de Boipeba a Salvador, donde paso mi último día en Brasil sin demasiado revuelo. A no ser por el bahiano listillo que intenta apropiarse del billete de 50 reales que le saco para pagar un simple acarajé, con la excusa de ir a buscar cambio. Me sabe mal desconfiar de él, quizás es sincero, pero mi instinto viajero me aconseja ir a buscar cambio yo misma y pagar la comida con un billete más pequeño. 

Luego el avión sobrevuela el océano y el Arco Iris, llevándome de vuelta a la vida real. El aterrizaje me resulta un poco brusco, pues paso en pocas horas del calor del verano bahiano al frescor de la incipiente primavera barcelonesa. Sin duda, el cambio de hemisferio no me deja indiferente. En efecto, dejo en el limbo latinoaméricano mi proyecto de centro de terapias naturales en esas tierras, mi paréntesis sabático y, lo más doloroso, una amiga querida que no sé cuándo volveré a ver. 

Pero me llevo la bendición del chamán de la Isla del Sol, así como el ensueño de las namoradeiras de Ouro Preto para endulzar los momentos grises a venir. Me digo que si conseguí escapar de las garras del diablo en la mina de plata de Potosí, puedo enfrentarme a cualquier cosa. Finalmente, siento germinar en mí la semilla de escritora que me cayó dentro en Sucre, y que algún día dará sus frutos. 

Pero de momento, tengo por delante un proyecto más cercano a realizar, de modo que con el alma purificada por la sal de Uyuni, y sintiéndo correr por mis venas la energía de la Pacha Mama, me dispongo a crear mi centro de terapias que al final llamé T.A.O. (Terapias Anna Orench), y que verá la luz el primero de Mayo del 2012. Las experiencias de esta nueva aventura (esta vez profesional), así como alguna de este viaje que ahora clausuro, quedarán plasmadas en el blog El T.A.O. del Bienvivir.
















Espero tener suerte, aunque después de haber lanzado algunos de mis demonios por los precipicios del Valle do Paty, nada malo me puede pasar. En cualquier caso, la vida seguirá siendo un camino, un viaje, una aventura, etapa por etapa, puerto tras puerto. Buenas o malas, las experiencias llenarán los capítulos de lo que me quede por vivir. El futuro es incierto, pero la incertidumbre del avenir no debe impedir que vivamos con entusiasmo, del mismo modo que las nubes que cubrieron el Machu Picchu no pudieron disimular nuestra emoción.

Y en el peor de los casos, siempre me quedará Cusco.